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19.Mar.15

 
 

 

         
  Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

EL POEMA ES DE QUIEN VA POR ÉL

Varios Autores, Feria de la Realidad. 19 miradas, (Col. Formato Portátil 2013, diseño: Tonatiuh Mendoza, Ediciones La Rana, Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, México, 2013. Reseña de Carlos Santibáñez Andonegui, 15 de marzo 2015.

 

El no protagonismo, la modestia, o quizá algún manual de Normas Oficiales o Condiciones formales para la publicación de Antologías que desconozco, hacen transitar a algunas publicaciones antológicas, por un camino de autenticidad tal, que por ningún lado aparece un autor.

Esto me parece un poco extraño, sobre todo cuando en la vida real los textos se encuentran claramente uniformados, en extensión y lo que es más curioso, en estilo, hecho que lleva a pensar en un taller a partir del cual se forjó dicha uniformidad. Y el taller tuvo que impartirlo alguien.

Por otra parte, ya lo sabemos, la nueva realidad es que va a haber varios autores, más que uno solo; esto es excelente, pero creo yo, salvo la superior opinión de las autoridades que dan los apoyos para publicaciones en CONACULTA, (no he pedido ninguno en especial para mí) que no hay nada mejor que la sinceridad. Si uno ha convocado a una antología, modestamente creo que debería uno aparecer por ahí en calidad de convocador, porque también puede ocurrir que las ganas de no aparecer, acto de modestia encomiable, se interpreten, (no es éste el caso) como que uno no quiso salir para no estar ahí a la hora de las críticas o sea, prefirió huir.

La obra de Varios Autores, tiene el inconveniente de lo difícil de que varios se pongan de acuerdo sin un conductor, o bajo la mera convocatoria de una editorial, aunque también se puede sostener el criterio contrario: habida cuenta de la dificultad cada vez mayor de empecinarse en la vanidad de un arte individual, y lo estentóreo de la Feria de las vanidades que ostenta el planeta, en el futuro predominarán libros de autores unidos que hablan de aquello que los une en su amistad, así como dice el refrán que uno habla de la Feria según le va en ella, tal es la realidad, ¿por eso este libro se denomina Feria de la Realidad?. Ahora, en el caso esta realidad es bastante uniforme, pero quiero pensar que las condiciones de uniformidad corrieron a cargo de la bien conocida seriedad de Ediciones La Rana, la cual consiguió en sí un trabajo impecable en la obra que nos ocupa. No así otras antologías cuando se hacen con un criterio de “club privado” o asociación civil donde todos los puntos son prorrateados sin excepción: espacio, tiempo, cosmovisión, edad, cuota de aportación o número de ejemplares adquiridos por adelantado, qué sé yo, todo, hasta el modo de salir en la foto, y una democracia que nos tendría orgullosos si siguiéramos en el CCH, que puede parecer magia de honestidad a antologados jóvenes, pero también aniquila en cuanto quita autenticidad a las diferencias surgidas en toda manifestación espontánea. En el mundo del arte, ser es ser diferente, lo mejor de una antología es su condición de aventura; si todo está previsto, podrá ser cómodo pero parecería la obra de una generación que se reúne en sus quince años, pero en la que uno, queda con ganas del postre tradicional, de que le digan quién fue el convocador, cuando menos para aplaudirlo. Quien aquí da la cara en contraportada es Aleqs Garrigóz (autor de las preciosas Páginas que caen) al afirmar: se trata de un grupo de escritores nuevos, pero “notoriamente preocupados por explotar al máximo las potencialidades del oficio de escribir… mosaico plural, donde el humor, el erotismo, el regodeo en la intimidad, lo siniestro y la abismación serían sólo algunos rasgos a destacar”.

Añadiendo a este mosaico la impronta de una crítica impresionista, yo diría que el que más me agradó fue “Iris violento” de Saúl Pérez-Zurdo, el tema de cuando el burlador resulta burlado, valiéndose de los más refinados adelantos tecnológicos. Elogio el desempeño narrativo de “El sendero del dolor”, de José Luis Rodríguez Cervantes, cuyo éxito es que poco a poco nos damos cuenta que la persona que narra está en una cárcel, y se va haciendo presa del miedo colectivo, nos hace sentir que los integrantes de ese tipo de miedo somos una familia con el mismo destino.  Del propio autor destaco la emoción de “El jarrón vacío”, texto al que he de aplicar una palabra igualmente gastada como el jarrón y sin embargo vigente: la palabra hermosura. De Víctor Sotelo en “Juego de pelota”, me entusiasma su manejo nostálgico de cosas que suceden en el cotidiano ámbito de la justa deportiva, al que irónica pero gloriosamente titula: “Parte baja de la tercera entrada”. Existe en narrativa un parámetro poco explorado pues su lugar de origen es la psicología: la inteligencia emocional. Pero hay textos que se distinguen por su correcto manejo, como son “La mujer de la ventana” y uno de los mejores del libro, que no en balde está puesto al final: “Paranoia”, con un protagonista tipo que afirma: “Soy paranoico, siento que me atacarán si no estoy alerta, que me observan si no volteo”, a quien su terapeuta anima a superar el ataque de pánico con un insuperable: “le deseo éxito”. Su autor, Antonio Torres Díaz confiesa en la parte biográfica: “Estudié leyes y no me avergüenzo; al final todos tenemos un pasado oscuro”. Señor: el problema es que, con la mala fama que tenemos los abogados, parecería que usted admite un pasado oscuro, cuando todos sabemos que lo que está usted tratando de hacer es una broma. Los de letras no siempre consideran a los de derecho los mejores poéticamente. Aquí es chamba para el antologador, cuando se está ante una frase expuesta a dos significados, advertirlo, salvar el correcto. Como sé en qué sentido lo dice, déjeme ir en contra de lo acostumbrado y felicitarlo porque estudió leyes. La ley no es mala, viva la filosofía del derecho: los malos son los gobernantes. Acuérdese de lo que dijo el Mío Cid: que “hubiese buen vasallo, si hubiera buen Señor”. Celebro la presencia en la antología de uno de mis antologados en Es tiempo de más, Pedro Omar Rivera, autor del poemario El ser del sur, mostrando aquí sus dotes de narrador. De Martha J. Ramírez, me sorprendió lo insólito de “Una mujer liberada”, más que el final forzadamente insólito de “Un año de ausencia”, y el “Argumento de Venta”, que finalmente no comprendí, aunque intuyo que su mensaje es interesante.  Pero aún más me seduce el epígrafe empleado: “Todos los triunfos nacen cuando nos atrevemos a comenzar”. Hay algo llamado don de cautivar en la narrativa. Lo tiene Fernando Quiroz Luna en “La máquina de chicles bola”. Mas por lo que deja ver en “El robachicos” lo prevendría: tienes el problema que pierde a muchos grandes. Traes una mezcla ahí medio rara. Y el triunfo del narrador es tener claro lo que quiere. De seguro la idea es buena pero no veo por qué un roba chicos había de desarrollar teorías excelentes de explicación de la realidad delante de un niño. Faltan pistas: ¿no será el papá, que llega a verlo mientras mamá va al trabajo? Bueno, el lector no adivina. Lo peculiar del cuento es “autorizar” algo que no suele ocurrir, y uno debe ver claramente qué es ese algo, no quedarse en algo muy bien narrado pero que no alcanza a hacer ese “clic”; esto va también para Alejandro Martín del Campo con la anécdota de la cajetilla de cigarros que seguía vacía creo yo, antes y después del sueño. Autorización –la del cuento- que no logra engañar ni lo vivo del relato ni el mal gusto de crímenes, asuntos narco satánicos o torceduras del sentido, esto va para “El gato y la curiosidad”, donde una anécdota de mal gusto no suple la magia del relato sino al contrario, la estropea. Al igual que el modo interesante de relatar “Una cosa terrible enterrada en el jardín”, no suple el interés legítimo del lector por saber cuál sería esa cosa, y no contentarse con que era puro lodo, por mucho que el arte del narrador Francisco Canales Losa consiga, sí, comunicar el deseo de averiguarlo. Relatos hay, que van de camino como el de la coleccionadora de palabras de Claudia Daré, o definen realidades que se conforman a partir de conocimientos que más que nada el autor posee, y a lo mejor comparte con la persona a quien bondadosamente dedica su texto, pero que nosotros lectores, ignoramos. Relatos que bordan el mérito pero no lo redondean, como ocurre a María Paz de León en “Cuéntame nuestra historia”, que debe dar más pistas de la razón de su enojo, de qué ocurrió pues no es bastante que se deshaga la pareja y eso se perciba como un destino fatal. El lector quiere saberlo todo, si era irremediable o no, si dolió demasiado o no, si a lo mejor, la narradora se salva o se condena. Lo mismo de “El sueño de Muamar”, donde hay una excelente historia no bien redondeada con el detalle del televisor donde el guerrillero ve su imagen, pues la duda permearía al lector medio: bueno, este señor, ¿sí se inmoló?, ¿su papá le había prometido el honor de una inmolación que no llegó, o qué es aquello que tendríamos que encontrar sin tanto dar vuelta, porque la claridad de fines no es la claridad de medios y es lo malo en narrativa el fin no justifica los medios. En poesía, sí. A veces, sobretodo cuando la narración oscila entre cuento y poesía, sí se consigue ese clima misterioso que permite acercarse a territorios poéticos sin que lo principal sea lo explícito, como en “El anillo”, donde los símbolos se esconden detrás de las imágenes, el anillo detrás del cuadro, en la también poeta  antologada por mí en Es Tiempo de Más, Paty Bermúdez.

Y así como el “colmo” del cuento es autorizar lo inverosímil jugando con lo verdadero, el “colmo” del poema es equilibrar fondo y forma en el juego que las palabras hacen en la imaginación. Si hay palabras pero no hay juego, no hay poema. Ojo Isay Tena, algo que yo traté de hacer en mi taller contigo fue recetarte más forma, (comprobación del modelo) veo que lo has conseguido aunque para ello tengas que aterrizar en: “esto que vivo… ya no se llama vida”. Si hay juego sin imaginación no hay poema. O se hace difícil como en el caso de Helena Blanco Álvarez, en que tras larga enumeración, la revelación tarda en llegar: después de tanto soy esto, soy lo otro, se revela por fin: (soy) “la carta que no llegó”. Si no hay equilibrio de fondo y forma, podrán ser palabras muy sabias, pero no hay poema. La clave hacia el equilibrio la puede dar la feliz asociación con una noción semántica como en el caso de Lucero García Cárdenas, lo es el tango: “No he vuelto y de volver/ volvería a un tango”. A veces lo consigue la iluminación, la percepción relampagueante (dijera Linderman): “Salí de la casa en un temblor/ de sol”, escribe en “Una Mañana”, Celia Garza Vera, quien hace conciencia de “llegar a casa/ y ponerme en la pie/ de señora de tal”. Al poema hay que irlo buscando, el poema es de quien va por él, de esta manera se da por breves que sean las palabras que lo invocan, como en “Simple” de Lizbeth Orozco Álvarez. El mejor ejemplo es “Atar y desatar”, de Martha Elena Silva.   Son ciertamente lumínicos y de una viva corriente de conciencia los versos de Raúl Gallardo Flores en donde campea el categorema social en “Ralph Lauren”, y “Oda a la glorieta Leonesa”, que abren el libro. La gran belleza es de quien va por ella. El poema es de quien va por él. 

 

     
 
             

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