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4.Sept.15

 
 

 

         
  Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

 

 

     

LA RISA DESDENTADA DEL POEMA. ROLANDO ROSAS

ROLANDO ROSAS, Víbora de dos cabezas, Fondo editorial Estado de México, prólogo de Arturo Trejo Villafuerte, (Col. Suma de Días), Gobierno del Estado de México, 2014. Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui

 

¿Qué importancia tuvo Liberta Sumaria? La editorial de los setentas que dio a conocer títulos como Sincrónicas de Arqueles Vela, El mar es una llaga, de Carlos Illescas, y Escorpión en Invierno de Raymundo Ramos. Un grupo de jóvenes de entonces decidieron reunirse a comentar los títulos que  habían marcado a su generación, así nació Liberta Sumaria, y sin más, los publicaron. Rolando estaba entre ellos. Y luego, ¿por qué no?, y hasta donde el dinero se los permitió, se publicaron ellos.

Pero hay más: yo también estaba entre ellos. Nos reunimos, primero, en lo que habría de ser Café Contraste, en Insurgentes Centro. Luego en Mixcoac, cuando la calle de Leonardo da Vinci se volvía cuartel de poetas y escritores por el empuje de esa editorial que al parecer a instancias de Roberto Bolaño había adoptado el nombre de Taller Martín Pescador, y después en un pequeño local en las inmediaciones del Bosque de Chapultepec. Liberta Sumaria fue punto de reunión de escritores de entonces, creo nadie ha recordado de ahí salió   material que nutrió la Asamblea de poetas (entonces jóvenes de México) compilada por el maestro Gabriel Zaid. Inolvidable para nosotros la noche en que llegaron los antologadores, un viernes los poemas estaban en la mesa tan frescos, vibrando en la mirada de una Norma Bazúa (ya hoy fallecida) sin sospechar que estábamos pasando a la posteridad con la ayuda de aquel cuestionario del brazo de Siglo XXI Editores.

Rolando y yo nacimos el mismo día, del mismo año; fue un primero de abril (Abril es el mes más cruel, ya lo dijo Eliot) y si nos animamos a publicar juntos nuestro primer libro fue quizá por aquello que si nos iba mal, tendríamos ocasión de echarle la culpa al otro. No hubo necesidad, nos fue bien, convivimos a gusto en un mismo volumen, su opúsculo En alguna parte ojos de mundo, junto al mío intitulado Para decir Buen Provecho. En menos que lo pensamos se agotó la edición y yo en lo personal me fui a Acapulco a disfrutar lo ganado. ¡Ah, aquellos años…! Despertaba Rolando, y preguntaba; despertar fue para él descubrir que “El ojo azorado es la mejor pregunta”. En su poema “Polvo quemado” habrá de admitir: “Hay algo en mí que quiere despertar, hacerse grito”.

Ahora Rolando ha gritado fuerte. El Gobierno de Estado de México ha incluido su obra Víbora de dos cabezas, dentro del Fondo Editorial Estado de México, en la Colección Summa de días, donde se ofrece una antología personal de los autores en versión impresa, complementada con el testimonio de su voz viva, de manera de poder acercarse los lectores, al registro vocal de autores representativos de la actual literatura mexiquense. Arturo Trejo Villafuerte, en su prólogo intitulado “¿El poeta nace o se hace?”, recuerda que Rolando Rosas es autor de una vasta obra poética: En alguna parte ojos de mundo (1980), Crónica de San Jerónimo (1986), Quebrantagüesos (1986), Perversa Flor (1990), Herida cerrada en falso (1992), El pájaro y la paloma (1992), Caballo Viejo (1995 y 2008), Quimeras (1996), Morder el polvo (1998), Naguales (1999), Mester de soltería (2000), Tres pies al gato, Vagar entre sombras (2004), El ruido de la infancia (2008), Ojo por hoja, (2012), además de algunas antologías que reúnen parte de su obra, y de un libro de relatos: Pájaro en mano (1999). En ocasión del prólogo recuerda Trejo a Rafael Solana (hoy muy nombrado al celebrarse el centenario de su nacimiento), quien al prologar la poesía de Efraín Huerta menciona que hay poemas agradables y desagradables. En estos últimos, la fuerza del lenguaje sin dejar de cumplir una función estética, se resuelve en poemas ásperos. Arturo Trejo se detiene en Naguales que “es el intento de contener a través de las palabras la unidad del hombre con la naturaleza el sincretismo, nuestra parte animal y la parte racional, las cuales deben convivir cotidianamente y en armonía para que de alguna forma, sigamos adelante y sobrevivamos”. A su vez cita a Eusebio Ruvalcaba: “Nadie que lea a Rolando Rosas va a transitar por un camino fácil”. En este sentido el caso de Rolando ilustra algo que hay que dejar claro a quienes desean saber qué es la poesía. No es el sonsonete, ni el llenado de una forma, por ejemplo la rima, es útil porque hay quienes dicen que el ritmo lo es todo, como si en la existencia, por ejemplo, el tomar agua lo fuera todo. Ya se sabe que sin agua no se puede vivir, pero quien sostiene que el agua lo es todo, y niega más significados, probablemente abriga la nefasta intención de vendernos agua purificada para beber a buen precio, o en el mejor de los casos, lindos vasos artesanales en que apurarla. Y aquí cita Arturo Trejo una reflexión válida de Jodorowsky en el ámbito de la teoría literaria: “Nos educamos hablando, no haciendo cosas… es muy infantil, es el infantilismo de una educación verbal, donde sólo las palabras significan algo. Y la creatividad en este estado es nula. Un mundo donde solamente hay palabras es un universo donde no hay creatividad. Las palabras resultan histéricas cuando son tomadas como un lenguaje donde el objeto son las mismas palabras. La creatividad se da fuera de las palabras. Cuando el poeta trabaja esencialmente con palabras, entonces éstas explotan. Son dispersadas, rotas”. Por ejemplo la palabra nada. Dice Rolando: “La palabra nada finge su naturaleza de vacío”. La voz es animal y finge. “Las palabras son animales omnívoros sobre cualquier textura/ Lujuria en la oscuridad del ojo”. Conviene desnudarlas una a una: “La palabra risa tiene los dientes cariados/ La palabra sol se quema en sus propias ganas”.  La nostalgia en Rolando es un buen ejemplo de cómo, la verdadera literatura es la que nos hace olvidar que emplea palabras. Las palabras del poema son las que no escribo/ ya están. Cada palabra es buena pero es la cárcel de algo que la aprisiona, su miedo. Las palabras, miasma de luz. Retomemos a Eliot, el autor de La Tierra Baldía cuando nos dice: somos miedo en un puñado de polvo.   Un miedo difícil de roer. “Polvo quemado, eso somos”, dice Rolando. Las palabras “son la pus del ojo”, de algún modo el poeta necesita podarlas y entonces “ellas obstinadas se asoman más cada vez/ Convencidas de su inutilidad/ Cada una tiene el olor de una pasión a medias”. Las que contienen verbos como /Amanecemos, madrugamos, sembramos, arrancamos, bebemos, comemos, probamos, mordemos, pensamos, imaginamos, regamos, depositamos, rezamos, pedimos, soñamos: ¡carajo! La carne de estos verbos sabe a tierra”. Hay que volver un poco al otro extremo. No es con palabras como se comprende lo que realmente somos: incrustación del alma,  las palabras se parecen al pasado, no es con palabras sólo como se recupera “la silenciosa nata de lo perdido”, la introspección va más allá del lenguaje, cuando Rolando descubre que su víbora era de dos cabezas y a veces amanecía de tres o más, toca el misterio del espejo múltiple, en cuyo extremo crepitaba el hueso/ Y un poco el ruido de la infancia”.

Volviendo a Trejo, ya en 1996 había expuesto en su ensayo sobre “Voces de la poesía (mexicana) (1950-1968), que uno de los primeros retos de los escritores de la generación de los Cincuenta (Arturo dirigió una colección que así se llamaba), consistió en “Romper con la tradición o volverse parte de ella. Todo escritor que aspira a la poesía, enfrenta siempre esta disyuntiva, según el decir de Guillermo de Torre, que luego retomó Octavio Paz”. En dicho ensayo, se da cuenta de la generación nacida en 1954 y que en su mayoría sigue trabajando en activo: Rafael Vargas, Víctor M. Navarro, Vicente Quirarte, Carmen Boullosa, Ethel Krauze, Raúl Bañuelos, Carlos Santibáñez, Víctor Manuel Mendiola, José Falconi, entre otros. (Arturo Trejo, La esponja y la lanza, Conaculta-Unicach, 1996, pp. 108-155).

De Rolando creo yo que el valor del maestro es enseñar con el ejemplo. Rolando (1954) egresó de la Escuela Normal Superior de México y es maestro en letras modernas por la Universidad Iberoamericana. En él se ve el lazo de unión que debe existir entre la primera educación, el primer significado, y la Educación Superior, la especialización, no como cosas que hay que separar sino como un mismo hilo conductor que abarca lo humano: “Somos blancura original”, define en el poema “Blancura de la espiga”, y al lamentar la muerte del abuelo: “Sé que la blancura anda tras mi sombra”. La poesía es así, estar en el origen, volver al lugar”. Ha consagrado un tramo de su vida a profesor de tiempo completo a la Universidad de Chapingo, y en el alma orgullosa trae su Chapingo, su ser Rolando Rosas: “Sólo las rosas son caricias obstinadas/ días que se niegan a cubrirse más temprano/ Yo las miro/ ¿Por qué florecen a pesar de mi tristeza?”

Cuando vive en el campo, uno va por su padre sin más que arrastrarlo, jalarlo de la reata que irremediablemente, lo lastima. “En la feria gira y gira el carrusel sube y baja”, al padre uno lo trepa a la bestia, ni para donde hacerse: uno viene a vivir, a derribarlo, a ser el centauro. Lo que lleva una vida comprender es precisamente su muerte: “Todo se nubla cuando cae”. Pero se trata de vivir, de interrogar de lleno a este reloj de sol:

 

Reloj de sol,

Constancia de que todo se va.

 

Se trata de alimentar la ilusión de una esposa que al cabo va a ser madre: de introducirla y dejarla como a la criatura en la espiral: “con su Mozart sobándole el oído…”

En la astilla del poema se combinan lo animal y lo humano. La infancia y la víbora de dos cabezas. Lo inasible y el lenguaje, y desde ahí, la materia: “Las palabras son hembras que olisquean la carne”. Y desde ahí el poeta asume su definición: “El perro me respira, late en mi corazón/ voy en su sangre y me trago a mí mismo/ Soy ese rechinar de dientes”.

“Líneas cruzándose por la pupila de alguien lejano”, en la vida algo crece y se transforma. Las palabras deslumbran como “el brillo de la laguna en espera”. Como el ebrio que se dobla, pero no se quiebra, el significado permanece más allá de todo, aún de las palabras. Algún día el sentimiento robustece su imperio, aunque sea por volver a la soledad, a la manera de Rolando en el poema “Vengo a mi soledad”, que es siempre un Homenaje al siempre despierto en los Contemporáneos Carlos Pellicer: “Vengo a mi soledad y el agua vacía del poema/ inunda como si nada el sueño de mi madre”. Honores, sí, como “el grabado en piel, que es la voz del padre”. Mas por contraste, en nuestra condición humana, “el nahual ríe, engulle el corazón de la doncella”. ¿Algún día saldremos del reino animal? Porque después de todo es divertido serlo. “Toda bestia es lujuria al acecho”.

 

Todo animal retiene en su mirada

El río presentido de lo ajeno,

Su glándula germina tal veneno

que víctima de sí su forma es nada.

Siente su respirar bajo tu piel…

 

Algún día lo sabremos, Rolando, por quien legara las palabras claves “Tengo sed”. Entretanto, “La tribu festeja la carne. El alarido.” Entretanto aquí seguimos, Rolando. Nuestro cumpleaños sigue siendo el mismo día. Yo aún escucho tu voz la de Liberta Sumaria, y sé decirte, Rolando, en todo este tiempo, tú has estado plantando algo, ¿un árbol?

 

Planto un árbol entre mi casa y la tuya

mientras escribo

y como si llamara a mi hermano

me grita desde abajo que a dónde voy

 

 
             

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