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21.Abr.15

 
 

 

         
  Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

LA VIDA MEJORA CUANDO IMPROVISAS

 

Santiago Bolaños Guerra, Gershwin, edición bilingüe, diseño y formación Verónica Lara, editor Alberto de la Fuente, traducción al inglés por Brenda Kempster, tercera reimpresión, febrero 2013, Editorial Cabos Sueltos, reseña por Carlos Santibáñez Andonegui, 19 de abril de 2015.

Gershwin en obra de teatro. La idea es buena, y sirve a Santiago Bolaños Guerra para representar de manera discreta, respetuosa, a uno de los gigantes de la música del siglo XX a quien la muerte a destiempo arrebató. El autor de la primorosa, multitocada Rapsodia en Azul.

Es válido el experimento de Bolaños, entendedor, como buen abogado de ciertos hilos sutiles de la realidad como el que existe entre economía y política, según lo había demostrado ya en otra obra:  Axel Wenner-Gren, el espía que México protegió, que encierra una investigación seria basada en hechos reales, a propósito del paso por México del enigmático hombre más rico del mundo.

Lo que requiere la obra de teatro que nos ocupa, son excelentes actores, porque uno de los categoremas del arte dramático al que se ha apostrofado de artesanal, es “permitirnos el acceso a la idea”, (Kosta, Leonardo) más delicado aún que convencernos, así como también Tocarse el alma, como titula el propio Bolaños el homenaje a Rayuela que le hizo él a Julio Cortázar, a partir de la experiencia lúdica. La identidad profesional de un actor, para Eugenio Barba, es “materializar una imagen que sea un puente que nos lleve al misterio”.

Lo que quiere el Bolaños abogado, con la obra de teatro que  nos ocupa, es hacer justicia a tres personas, Gershwin, y la pareja que lo arropa (digámoslo así) en esta obra, formada por el autor de la novela El halcón maltés, y El hombre Delgado, célebre detective de Pinkerton, creador de la llamada novela negra que impuso un record indiscutible como defensor del comunismo en plenos círculos capitalistas: Dashiell Hammett, y la rebelde escritora hija de familia judía convertida al cristianismo, que daría de comer a Hollywood, Lillian Hellman, primero casada con el escritor Arthur Kohber y ya divorciada de él, se convierte en amante de Dashiell para permanecer intermitentemente unida a él hasta la muerte de Dashiell ya en 1961, con novelas vueltas películas como Juguetes en el ático, o Julia. Este par de amantes “de película” son a su manera, amigos de Gershwin, y vienen a unirse a su vida con el valor de acompañarle en forma desinteresada, rasgo humano que a la vez los une a ellos como amantes, y los prepara para lo que vendrá, aquello que Gershwin por su temprana muerte de cáncer cerebral ya no vio, cual si el destino se lo evitara a toda costa: el estallamiento de la segunda guerra mundial. Se había de llevar al cine La loba, con Bette Davis, y la injusticia política en The watch on the Rhine en 1951, se había de negar a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1952, sospechosa de comunismo por sus tendencias de izquierdas. Y ahí viene lo que es quizá el sentido más agrio e interesante de Bolaños: ¿no era este Estados Unidos el que iba a ganar la guerra? ¿El que actualmente nos presentan tan enfrentado a los nazis pero en su momento, tuvo precautoriamente a Dashiell cuando quiso alistarse en el ejército, confinado durante una temporada a un inocente trabajo de escritorio en Nueva Jersey?  Para después concederle su entrada al ejército pero con la salvedad de mandarlo a las Aleutianas en lo que se quiso hacer ver como útil colaboración para apuntalar la posición de los Estados Unidos en el Pacífico Norte, manteniendo a salvo a Alaska de cualquier provocación japonesa? Como si a una inteligencia que está prohibido encontrar porque quizá no exista o sea relativa, le conviniera más que una inteligencia feroz como la suya pasara sus años peligrosos en Anchorage y las Aleutianas, y se convirtiera, en Adak Island, editor de The Adakian, un periódico para las tropas. La suya no dejó de ser la lucha contra el fascismo y la Alemania nazi.  Asignado al Cuerpo de Señales, escribió manuales de capacitación y dio conferencias y programas de radio sobre la marcha de la guerra, en los teatros. Escribió en el periódico para orientación de soldados. La relación entre la pareja que en la obra que nos ocupa evolucionó al estallar la conflagración mundial de manera de que según se sabe, el novelista Hammett le pedía a Hellman enviara noticias para el periódico, al parecer le pide que le envíe dos películas sobre antinazis liberados en 1943, y existen, según esto, unas cartas publicadas ya en el siglo  XXI, (2001) Cartas escogidas de Dashiel Hammett 1921-1960, editado por Richard Layman, con la colaboración de la nieta de Dashiel: Julie M. Rivett. Un ex reportero del diario Anchorage Daily News, Peter Porco, creó la obra de teatro: “Viento, soplo y goteo”, sobre los días de Hammett en Adak, documentado en los ensayos: “El hombre de la sombra” de Richard Layman y “Dashiell Hammett, una vida”, de Diane Johnson. Lillian Hellman,  (1905-1984) Dos personas que tal vez sean claves para despejar alguno de los grandes misterios de la historia no revelada del mundo moderno. Y que de algún modo el cariño que supuestamente sintieron por George en la obra se convierte en una fuerza real para enfrentar el futuro que les aguardaba a ellos, si atendemos, no tanto a lo que realmente haya ocurrido pues ni siquiera sé qué tan cierto haya sido su amistad con Gershwin sino en el rigor de encarar la pelea que se les venía encima, en lo cual siempre, como una reserva estratégica, hay un factor de buena voluntad que no se desmorona del todo, y ese factor que no se ve, ese invisible, es el regalo de corazón a corazón que sin decirlo, y sin nombrarlo el autor, les hace su amistad, y sobre todo, en sentido más amplio, le hace al mundo la música de Gershwin, (de nombre legal Jacobo Gershovitz) el hijo de judíos rusos inmigrantes que apostó a la frescura en el cristal incomparable de su música a punto de que viniera la crueldad de la guerra.

No hace falta pensar que estos dos escritores fueran el hilo para entender determinado misterio en el país hasta hoy considerado más determinante en la historia del mundo, y para el cual por supuesto no hay misterio que valga. No hay misterios, es más. Pero aún falta de investigar y más aún de ponerse en claro respecto al final de la Segunda Guerra los movimientos económicos alrededor del “arma secreta”, la bomba atómica. ¿Hay algo que miembros de la antigua organización de espionaje nazi llamada Abwehr no hubieran detectado, o es que no ha sido dicho? Fue, esto es historia, la ignorancia del verdadero poderío soviético la que llevó a equivocarse al Tercer Reich. ¿Quiénes supieron en su momento todo esto e hicieron o dejaron de hacer, con tal de ganar? Cuánto ha faltado al mundo poner atención en el actuar de un Robert Cushmann, el general norteamericano que tras distinguirse por su desempeño en la Segunda Guerra Mundial, fue nombrado director adjunto de la CIA por el Presidente Nixon? Brillante es la definición de política que pone Bolaños en labios de Gershwin al final del Segundo Acto: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados’, ha dicho Groucho”. ¿Hasta qué punto fueron ajenos a la vida de estos dos novelistas fundamentales del siglo XX, personas como Martha Dodd, cuyo padre fuera embajador estadunidense en Alemania pero la cual se decepciona al ver más de cerca cómo era Hitler, se decepciona de los nazis y se pasa al bando contrario, escribiendo el libro A través de los ojos de una embajada para ahogar el sarcasmo del universo nazi. ¿Ese libro, lo leerían Hellman o Hammett? Porque lo cierto es que Martha, al casarse con un acaudalado judío de apellido Stern, probablemente se integró en la red de espionaje comunista que operaba en Norteamérica. Se sabe que pretendieron incorporar a gente de Hollywood, como lo fue el productor cinematográfico Boris Morros, agente secreto del FBI, ¿no era éste el que había trabajado con el valiente músico Rimsky Korzakov? Es pregunta. Porque este personaje fue un traidor, que engañando bajo su capa de comunismo tomó nota de todos los que colaboraban en secreto para Moscú en la red de los Stern. Es decir, como que el mundo en que se desenvolvieron estos personajes del teatro y del espectáculo, rozó muy cerca del mundo en que se desataban tales pasiones. Tales, y no otras. Por ejemplo Martha. Ella supo a tiempo el engaño de Boris, (la canción conveniente sería: Someone to watch over me?) lo que le permitió salvar su pellejo escapando precisamente a Moscú y en realidad no sé de nadie que la hubiera apresado. Mi pregunta es: ¿lo sabría Hellman? Por eso es que la obra es trascendente, no porque sea un clásico del teatro ni siquiera una comedia o drama que aproveche bien los recursos de este bello arte, lo que agota las entradas. Quienes vayan a representar la obra deben entender esto previamente: van a ser portadores de un mensaje disminuido adrede en los hechos, pero en realidad más grande de lo que parece en la escena. Hasta cierto punto van a sacrificar su actuación. ¿Es algo que debiera pedirse al teatro? No lo sé. La frialdad de esfinges, en este caso, debe ser esgrimida con plena conciencia de que al fondo no es tal, sino un llamado enorme a lo que no se alcanza, a un sentimiento que se vislumbra pero queda en sonrisa, en mueca absurda en aquel psicoanalista que ya quería envolver a Hellman (su cliente) con un complejo de Elektra recién atisbado por él en la aceptación del modelo de vida que ella ha hecho del marido, irresponsable, mujeriego tan parecido al papá, sentimiento en fin, ahogado, que no se otorga, el cual ella no niega pero tampoco prodiga al liquidar, en esa última sesión, su psicoanálisis, que es a lo que verdaderamente ha venido, a darse hasta con “la cubeta” con ese Dr. Cohen, burócrata del psicoanálisis podríamos decir, sentimiento en fin que nadie o casi nadie brinda pero en el fondo todos quisieran brindar: la piedad. Dice Lily, dura desde un principio, pero con una dureza suave, frívola (¿será Swanee, de Al Jhonson?) “el dinero se acaba y las personas pasan, no importa lo que uno opine o crea. Todos pasamos.” Ha muerto el amigo George y eso es sólo una prueba de que Dios no puede existir, ¿cómo pudo morir un hombre, reclama ella, que hacía felices a tantos?” Más grave, el psicoanalista apela a una dureza inherente a su oficio para crear convicción: “Para todo hay una solución si nos proponemos encontrarla juntos. Tienes que hacer conscientes las causas que originan tu condición”. Los actores deben trabajar aquí por romper el círculo conversacional, (¿Let’s call the whole thing off?) Uno de los principios del arte de conversar que deben defender interiormente los actores que escenifiquen esto, es: “Sea capaz de callar lo que se le encargó que no dijese”. Así, asaeteada por el fardo existencial sentencia la Hellman: “Quisiera encontrarle un sentido a la vida. ¿Lo tiene acaso? ¡Tal vez me equivoqué de planeta o de siglo…!” La respuesta le llega contundente, mordaz, en labios del terapista al terminar el primer acto: “El verdadero sentido de la vida que tú buscas está precisamente… en vivirla. Sólo en el simple y cotidiano hecho de intentar vivir, sin tratar de encontrarle significados más allá de esta simple fórmula. Vivir en sí mismo debe tener todo el sentido para cualquier persona”. (“Nice work if you can get it”, cantaría Frank Sinatra). Pero en el arte de permitirnos el acceso a la idea, Bolaños como autor se sale con la suya porque vemos un mundo que se desvanece, en el que ninguno de los personajes se muestra obediente con su destino. Ni el psicoanalista puede ganarla como clienta, y en cambio ella se le revela al psicoanalista al final. Venía con la intención de terminar la terapia. Ya tenía planeado, dice, irse a España a apoyar a las Brigadas Internacionales. “-¿España? Está en guerra, Lily, es una tontería lo que vas a hacer”… Ella debe decir estas palabras como si intuyera la masacre que está por venir: “todos sabemos que es el preludio a algo más grave, tengo que advertirles a muchos”.  El debe mostrarse disuasivo cuando ella afirma su intención de visitar Berlín para llevar dinero a una organización que se opone al gobierno nazi: “-¿Te vas a meter en Alemania, con lo que nos quieren en ese país a los judíos? Sinceramente pienso que estás huyendo de ti misma”. Y cuando todo termina, como personas civilizadas ella lo invita al fin a tomar un trago pero viendo que ni siquiera eso es ya posible, concluye: “¡Anda!, si tu conciencia y tu moral te impiden beber un trago, está bien, te invito un helado de chocolate, Dr. Cohen.”

Por sus declaraciones al analista, sabemos que ella, la Hellman hubiera querido tener algo más con el compositor, lo que por supuesto no sucedió; en tanto el amante de ella, Dashiell, hubiera querido impactar  sombríamente al bueno de George con los relatos de la mala leche de norteamericanos que mandaban a la gente con quien él trabajaba en un principio, a matar jefes sindicales en América Latina, pero el modificado fue quien él menos se imaginaba, fue él mismo, Dashiell, porque con Gershwin o sin Gershwin, acabó por oír a querer o no una música suave dentro de su cabeza, (¿no será algo así como I got rhythm, de Fats Waller, música sabiamente sugerida por Bolaños para oírse en la obra como todas las que he venido citando) sí, tuvo que oírla para conformarse con la cruda verdad de que el ejército norteamericano en el que él quiso alistarse, se le resistiera y al final, terminara por mandarlo a un lugar lejano, en vez de al frente europeo donde pensaba atacar a los nazis, todo esto es imposible que se vea ya en la obra, pero registra la historia que Dashiel ejerció un oficio literario de periodista y escritor, no protagónico en aquella base militar de Alaska, y ese era el destino que le estaba a él deparado: recabaría a su muerte, un sentido unánime de buena voluntad en un ambiente de guerra. Pero ninguno de los personajes de la obra, por eso digo que la interpretación literaria está fuera del teatro, es obediente con el destino que la obra le impone y entre todos, el menos obediente es el autor, quien no hace del teatro ese lugar “para contemplar”, que define al vocablo teatro etimológicamente, no le interesa, en parte porque no era su objetivo original hacer teatro, anduvo buscando diversos vehículos de difusión del mensaje que le interesaba imprimir, y el resultado es que extiende su agudeza más allá del momento que dura lo representado, su mensaje es: cuánta dulzura, cuánta frescura como la de Gershwin necesita el mundo para no morir. El sabor que trasciende es el que encierran las palabras salidas en la obra de labios de Gershwin: “La vida es como el jazz. Mejora cuando improvisas”.  

 

     
 
             

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