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6.Oct.15

 
 

 

         
  Carlos Santibáñez Andonegui 

 

 

 

 
 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     
 
 

UN SOLO CAMINO: LA POESÍA

 

PARA MI QUERIDA ANGÉLICA SANTA OLAYA, EN SU CUMPLEAÑOS

Angélica Santa Olaya; 69 Haikús, Edición bilingüe español-árabe, traducción al árabe por Mushin Al-Ramli,  y Ahmad Yamani, (Col. De Poesía Alfalfa, dirigida por Abdul H. Sadoun), coedición con editorial Visión Libros, 2014. Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui. Sept. 5, 2015.

 

 

 

La originalidad de este libro está dada a partir de que se trata de un libro de poesía en español presentado en Emiratos Árabes Unidos en agosto de 2015, debido a que la autora ha radicado en ese lugar del mundo desde hace unos cuatro años.  En México, fue presentado en la Capilla Alfonsina desde el pasado 9 de julio.

Tal vez por pereza, pero siempre que alguien me dice que ha escrito haiku, primero me apresuro a olvidarlo y juzgarlo ante todo como poesía. El haiku podrá seguir sus propias reglas, pero no soy tan dócil, ni soy yo el único crítico que alza la voz en contra de la relatividad de ciertos ejemplos de haiku, conmigo no se salva un poema por llamarse de un modo u otro, se es o no se es, to be or not to be, así de claro, como lo dejé al reseñar los haiku recopilados por nuestro querido Coyote, Eduardo Villegas Guevara.

Y en este orden de ideas, los poemas que presenta Angélica Santa Olaya en su opúsculo 69 Haikús, me conquistaron casi de principio a fin.

El haiku es un camino absolutamente poético y es preciso observar que se da dentro y no fuera de la poesía; quien lo siga ha de hacerlo con respeto tanto a los otros caminantes como a sí mismo; pero todos los caminos poéticos confluyen en un solo camino: la poesía. La poesía es en esencia una y única, día llegará en que reconozcamos que a pesar de todas las tribulaciones del canon, no existe una poesía diferente a la demás poesía.

Angélica Santa Olaya da un paso en su producción literaria al cultivar esta valiosa forma poética que ha sido definida como la totalización mínima. Es oriente, parte de sus misterios, y misterio de Oriente. Quien se acoge a esta forma se parece al cazador o buscador de perlas. De hecho, muchos de los paisajes que aquí se describen, la autora los ha vivido en Medio Oriente: las palmeras, el mar, el golfo pérsico, frutos como la granada y los dátiles.

Aplaudo su manera de pasar revista a lo que ella llama granitos de poesía nacidos en el desierto, y no son sino los codiciados categoremas que de un modo u otro, han llevado en alto la poesía a través de los tiempos. Lo que transmite un haiku, según Basho, es la verdad inmutable en forma cambiante. Es simplemente lo que está sucediendo en este sitio, en este momento en que el haijin o poeta se detiene a contemplar. El categorema de alta definición es adecuado a la métrica del haiku, se alcanza un estado parecido a la adivinación, ligero trance adivinatorio o hipnótico en la fórmula 5-7-5. Se facilita la aproximación del ser en cuanto ser:

Regar los sueños

Con la imaginación.

Eso es leer.

 

Nada impide que en un momento dado esto pudiera ser tomado como anuncio de la Librería Gandhi. De hecho, la autora ha estudiado profesionalmente el fenómeno de la comunicación colectiva.

Se ha cargado al haiku con pretensiones como anular la rima (cuando la rima en el hai kai hispánico, lo que hace es que incorpora la ilimitada riqueza de los asonantes). Ciertas reglas tradicionales como ésta o la no usar adjetivos o modificadores, prescindir de toda puntuación, ya son anacrónicas, mas lo que cuenta es la intención que se persigue con ellas. Como la de decir que rehúye la metáfora, no hay que tomarlo al pie de la letra, lo que se rehúye es el primer plano, lo manifiesto; antes de descartar la noción de metáfora debemos estudiar qué es, y esto sólo sucede cuando sabemos distinguir sus tres planos. Ningún poeta está por encima del tercer plano, en tanto acerca lo desconocido a través de un tercer plano, denominado latente. Es así como expresa nuestra autora: “Galopa el viento/ en centelleante caricia/ la piel del mar”. Lo que pasa es que confundimos la metáfora con la comparación, entonces creen que porque el poeta omite la palabra como, la rehúye, es falso, lo que rehúye es la comparación expresa, porque hay más riqueza en insinuar lo desconocido a través de lo conocido, pero ningún poeta rehúye la riqueza metafórica por más que lo presuma, dado que aproximarse a lo desconocido, por lo ya conocido, es el aporte epistémico de la poesía, y lo más valioso de la poesía es, precisamente, su aporte epistémico. El aporte máximo que la poesía da, es en cuanto al significado de la vida, y esto ocurre sobre todo al entrar al misterio del tercer plano, en la metáfora pura.

Cuando Angélica afirma que “Es la poesía/ la palpitante flor/ del corazón”, se desempeña cuidadosamente en el límite de las dos formas tradicionales de metaforizar. La metáfora como mito, (cuando se invocan signos por conveniencia, la flor, el corazón) lo que nos llevaría al mito de la metáfora, esto es, el grave riesgo de que sirviendo con frecuencia como medio de captar la realidad, la metáfora sirva precisamente como instrumento para esconderla o para entenderla equivocadamente” (Tudor Vianu, Los problemas de la metáfora, EUDEBA, Bs. As., 1971, citado por Oscar Wong en La pugna sagrada), y la metáfora según su origen etimológico, en tanto cambio por transformación de lo inmediato, hacia un ser que está más allá, hacia un significado arrancado del contexto habitual: la palpitante flor, el desgarrado corazón.

Ni siquiera cuando se apuesta al no paralelismo (con Hoagland) a la desconexión interna de los elementos constitutivos del poema, estamos renunciando al beneficio del aporte epistémico. En las zonas de indeterminación late una intensa carga epistémica. La poesía es una sola, desde la Biblia hasta la postmoderna, por más que se presuma impredecible y sin precedentes. Desde que el gran Dios Padre del Viejo Testamento dice: “Destruiré toda carne”, hasta los reclamos posmodernos de la llamada “forma sin forma” la poesía permite ahondar la comprensión –tener un insight, dirá Perloff, del ser como tribu. Y por supuesto que estaba ya en ese Dios, o voz en Off bíblica la posibilidad de manipular como ventrílocuo muchas voces juntas, que los poetas actuales se imaginan que es propia de ellos nomás; un poema debería definirse como conversación entre lo visible y lo invisible, del modo que la carta ha podido definirse como conversación entre ausentes.

A la metáfora no hay que confundirla con la simple comparación ni mucho menos obviarla a través del “como iluminado” que acusaba Huidobro. Como ejemplo, ahí va un haiku universalmente aceptado: “Las estaciones”:

Leve es la primavera:

sólo un viento que va

de árbol en árbol

 

Claro que hay en este ejemplo de Aró un tercer elemento, un más allá de la primavera (primer elemento) y un más allá del viento que trae aparejado el árbol porque son las hojas quienes lo mueven. (Segundo elemento). La cosa es ir por él. Nadie crea que está a la vuelta de la esquina. Encuéntrenlo.  Por otra parte, el haiku es parte inseparable de la poesía, como lo demuestra el hecho de que “en la pauta silábica clásica están de algún modo en síntesis el ritmo y el acento del haiku.” (Ana Ma. Pérez Cañamares, en su estudio “Una pura actualidad del siempre: el haikú”, publicado por la asociación “Mañana es arte”, en 2001).

El haiku llega a un estado de iluminación mayor que otras instancias poéticas y lo consigue por el secreto de su métrica (5-7-5), con la excepción que confirma la regla (en español) de que siendo el fondo muy bueno, se puede sacrificar la forma en pequeñas dosis, por ejemplo en 5-7-6. Debe haber un corte o cesación. Dos de las tres frases de un haiku están conectadas gramaticalmente pero una tercera es independiente.

Su singularidad radica en envolverse en el fragor de un instante necesariamente brotado de la naturaleza, ya que no hay otra forma de existir, estamos en ella, en la naturaleza: mentida, robada, traicionada, defraudada por la ruptura de los ecosistemas, sigue siendo ella: la naturaleza, y esa singularidad se capta asociada a la noción de las estaciones. ¿Será que por eso se llamó así aquella Revista de Contemporáneos? Las Estaciones impregnan la vida más allá de lo esperado, y aun hoy que están cambiando por la erosión de los ecosistemas, las estaciones nos permean como el ejemplo clásico de Shiki:

Yo que me voy,

Y tú que te quedas,

Son dos otoños.

 

Lo más emocionante de la vida, lo innombrable, suele decirse con o a través de las Estaciones: “El otoño recorre las islas, titularía José Carlos Becerra. Es ese otoño en que, con Angélica: “Habla el silencio/ cuando el alma se aquieta/ en la hojarasca”.

El camino para llegar a la iluminación, era, de acuerdo al Zen, la mente ordinaria: “La enredadera/ hoy casi me parece/ mi vida entera”. (Moritake). El compromiso es no caer en rituales de extravío, ser sincero. “Ser sincero es ser potente”, aconsejó Darío.  Hay que seguir la naturalidad que procede del corazón, dice Basho, sólo tal sinceridad se identifica con la naturaleza y permite “haickearla”, aun sin la codiciada métrica: “Tengo tu veneno, tu puesta de sol”, dice Darío al Ruiseñor. Decía Confucio que sólo aquel que ha alcanzado la perfecta sinceridad bajo el cielo, puede consumar las infinitas potencialidades de su naturaleza”. En la obra que nos ocupa escribe Angélica:

Hay una flor

En la mano del niño

Y su blanca luz.

 

Otra exageración que se ha manejado en torno al haiku, es que no le importa la belleza. Angélica la actualiza en paisaje.

El mar camina

y en su lomo plateado

se mira el día

 

De modo que vamos entrando a querer o no, en una conversación con Angélica que es una conversación antes tenida con Poe, de la que puede inferirse que, por mucho que cambie el concepto de belleza, el puerto al que estamos tratando de llegar, y vaya si ese puerto existe, se llama belleza. (Poeta es aquel que siempre dice, pase lo que pase: “sigo creyendo en la belleza”). 

De manera que a medida que nos acercamos al final de esta aventura decimos, gracias Angélica, por creer en la belleza. Por convertir el famoso mono de haiku de Tablada que quiere decirnos algo que se le olvida, y está en mente de todos, en el eslabón perdido de Darwin, el mono que cansado de reír, un día quiere ser hombre. Mucho me recuerda a Freüd cuando formula: “lo que se dice en broma, se dice en serio”. Es poeta quien sabe utilizar cualquier forma, incluido el haiku, para tocar los dos mayores temas de la filosofía, el ser en cuanto ser, y el modo de vida, de manera de hacerlos vibrar en la palabra, y no perece en el intento. De ahí en fuera se llama haiku, se llama como quieras. (Marco Antonio Montes de Oca exponente del movimiento poeticista publicó un poemario precisamente con tal título: Se llama como quieras). Tú, Santa Olaya, asume tu existencia como quieras. ¿No lo dijo San Agustín: ama y has lo que quieras?

Un mar dorado

Ondula su piel de ámbar

Besando al sol

 

Algo surge en tus palabras: un aroma o sudor íntimo del verbo, un plus de energía sobre el razonamiento, un libre juego en la imaginación, y una vez que llega ahí, se llama como quieras.

Tú lo has querido 69 veces. Hasta cuando reparas: “Llenas mi boca/ de estrellas titilantes/ y húmedos peces”. La noche se está poniendo interesante: “Un mar de besos/ desmadeja la noche/ y somos canción”. Lo que ocurre es que en la métrica /5-7-5/ se favorece todo esto, así como en el alejandrino modernista, la nostalgia, la melancolía.

Para Basho lo importante estriba en esa sola sílaba de más, que hace la diferencia. No queremos caer en la cárcel del silabismo. No quiere decir que todo lo que haya de salvarse en  poesía se adapte a la medida exacta de las diez y siete sílabas distribuidas en tres versos, de los cuales el segundo es heptasílabo, y pentasílabos los otros dos, lo que ocurre es que en esta disposición, los extremos pentasilábicos apuntan más a ese vacío que salva la comprensión del lector; se ha dicho que esta forma poética fabrica un reto al vacío, el hai kai como fábrica de retos, en una de sus tendencias, juega con el vacío, literalmente fraguada al alto vacío y ahí reside su encanto. El haiku crea ritmo interno, para Ana Ma. Pérez Cañamares es una especie de ritmo de caminante. Que el último verso sea más corto que el central deja una puerta abierta que se adecua perfectamente al carácter continuo de la experiencia: un culmen en el centro y una caída, un suspenso al final.” Así lo logras tú,  Angélica:

Mágica red

en el verde ramaje

atrapa al sol

 

En occidente los beats, aspiraban a reflejar en sus textos la vida sin cortapisas, acercándose en diversos grados a las filosofías orientales. Antes que ellos, la "escritura automática" de los surrealistas, según Víctor García de la Concha, "imprime a la escritura aquella tensión fluídica que, con la implantación del racionalismo realista, había perdido". Pero todo esto es más reciente que el haiku, milenario detentador del monopolio de un categorema invaluable: el sentido de rincón. Se obtiene, como en los amorosos de Angélica, una visión relampagueante de lucidez encadenada a todos los valores de la poesía y de la vida. Empieza en una esquina del significado pero se instala en el privilegio de una choza o balcón, desde la cual en su preciosa modestia, lo ilumina todo. ¡Vaya si le debemos a Oriente! Característica de la poesía japonesa, el haiku suele traer su “palabra pivote”, el vocablo con dos significaciones que sirve como especie de gozne sobre el cual dos puertas giran, con impresión de vaguedad sugestiva. No es explicativo, es mostrativo. No te da la respuesta. Lo que te regala, con Santa Olaya, es más bien una pregunta. “¿Me habré comido/ tus ojos mariposas?/ El alma vuela”. En esta especie de choza prestada que es el hai kai, joya de la literatura japonesa de exportación al mundo, los habitantes de esta choza pueden definirse aquí y en China, como grandes señores de la paciencia.

Alberto Paz, por ejemplo, en Baja California, considera al Hai ku como pretexto perfecto para profundizar en el orden del cosmos que es una hormiga miligrámica.

Un riesgo es: por querer abarcarlo todo desde su privilegiada perspectiva angular, olvidar, en su entusiasmo, o más bien, el entusiasmo del poeta que lo escribe, que cuando lo mismo puede decirse en prosa, y ser parte de cualquier relato con algo de imaginación, no es poesía, aunque revista esta forma. Pero, ¡aguas! A veces hay en ese descuido de sostenerse o no, todavía más poesía. Dice la poeta de esta noche:

Soy una ola

que galopa en el mar

de tus espumas

 

En una economía verbal ejemplar, la autora encierra sin decir los consejos a seguir por todo el que quiere aproximarse a su arte: La humildad en el haiku conduce a ahorrar palabras. Guarde en algún punto de fuga dentro de él, guarde como palabra clave aquella que le indique en qué estación se encuentra física y mentalmente, cuál es la estación por la que está atravesando. De hecho, en abundancia a lo anterior, debe haber una identificación con algún motivo natural, algún detalle de la naturaleza, percibida a través de cualquiera de los 5 sentidos. Utilice lo concreto para llegar al símbolo.

Viva su felicidad si, al final, sin mucho buscarlo, como en el desenlace de un micro relato, surge una revelación que valga, para cerrar con broche de oro, la historia que ha debido de contar, o de callar, entre líneas.

Danza de orugas

en terso mar de almíbar.

Callado beso.

 

Pero en el fondo siga siendo usted mismo. ¡Nihil admirari, valiente! No se arredre de nada ni de nadie. ¡Ay, como la despedida de los enamorados, dulcemente miniaturizada en Angélica!

Azules alas

se alejan del estero.

Así el adiós

 

No debe haber un yo protagónico, podrá existir la palabra, pero ni usted mismo se la crea. El yo es en gran medida maya, o sea engaño, trampa.

Hay también, limitantes al elegir el haiku como forma preponderante de expresión poética. Hablemos de ellas: en primer lugar, es una literatura trasplantada de otra cultura, y esto por más que se disimule, tiene consecuencias. Esto es así. Además, en la forma original del haiku predominan los sintagmas nominales, y los verbos, cuando aparecen, suelen estar desposeídos de flexiones temporales y personales (cosa difícil de mantener en traducciones, aunque se preserve el predominio de los sustantivos). “

Ya lo dijo la maestra Cristina Rascón, cuando se dio a la tarea de coordinar a un grupo de 24 escritores en Tijuana bajo esta forma literaria, que se escribe bajo la “choza prestada” del hai kai. No hay que olvidar que su materia original está en otra lengua, que se habla distinto y se escribe en caracteres distintos; y retomo la pregunta hecha cuando analicé su trabajo: ¿hasta qué punto podemos entonces proclamar la posesión de la patente, o hasta qué punto estaremos usurpando una denominación?

Pero nada de esto lo arredre. El entusiasmo de Angélica Santa Olaya sea su guía en la intención de hacer haiku. Si aspira a comprender el haiku, respire, calmadamente, absorba la energía de este infinito universo, dese cuenta que usted es horizontal y vertical a la vez. Ello resulta de que transmitir un detalle de la naturaleza con efusión, (que es horizontal)  se combina con una dimensión histórica, es decir vertical. De modo tal que lo que está arriba es como lo que está abajo, así lo dice el Hermes Trimegisto y también Angélica:

Ser vertical

frágil como la lluvia

caer, mojar.

 

Aunado a ello, resaltemos ese manejo de verbo en el haiku que lo vuelve todo verde que te quiero verde:

Arriba el sol,

y aquí, abajo, tú,

enverdeciéndome.

 

Angélica Santa Olaya (1962, ciudad de México), autora de Habitar el tiempo, Miro la tarde, El sollozo, Dedos de agua, El lado oscuro del espejo, Del aprendizaje del aire, Sala de Esperas y De Leyenda, debe ser contada entre el grupo de mujeres valiosas que han adaptado la forma de su sensibilidad a este género, y en tal sentido vale tener presente,  a la poeta española enamorada de México Ernestina de Champourcin, que aunque fue parte de las poetas olvidadas de la generación del 27, a quien la guerra civil española dispersó ideológica y geográficamente, se casó con Juan José Domenchina, que era también poeta a quien le tocó figurar en política como secretario particular de Manuel Azaña, quien lo conservó en la presidencia, ya entrada la guerra.  Ernestina fue amiga de Juan Ramón Jiménez, que era su poeta predilecto al lado de san Juan de la Cruz, como vemos en La ardilla y la rosa. Juan Ramón en mi memoria. Al acabar la guerra civil española, Ernestina y Juan José vinieron a México que se convirtió en su segunda patria. Ella incursionó en el haikú buscando afirmarse en su fe, declaró que “Dios y la poesía son algo inseparable”, para ella el haiku fue una manera de contemplar la belleza espiritual en pequeños poemas: “cada uno es como una burbuja, redonda, efímera, perfecta. Un instante de amor que lo detiene todo; y las cosas creadas se rinden, dulcemente”. A ella nos le recuerda Gerardo Diego en su preciosa Antología junto a Josefina de la Torre y Concha Méndez. Otro cultor de esta forma es Armando Duvalier con su libro Mariposas de laca, auténtico maestro entre quienes destacan en el tratamiento de estas milenarias técnicas, entre ellos la costarricense Gloria Ceide Echeverría y el norteamericano Ty Hadman. Desde luego aquí nadie olvidará a José Juan Tablada, a quien Esther Hernández Palacios asume como un “infractor del Hai kai”, que cuando escribe: “Es mar la noche negra. /La nube es una concha/ La luna es una perla”, no son 17 sílabas pero está dando clase de lo que es un hai kai, y para nada tiene la medida clásica. Al introducir esta forma a la literatura mexicana, Tablada les llamó “Poemas sintéticos”. Divulgó así en México traducciones de los modelos que citan los eruditos japonistas Chamberlain, Aston y Revon. También han destacado en el cultivo de esta forma, Borges, Rafael Lozano, Efrén Rebolledo, José Rubén Romero.  

Otro de los estudiosos del hai kai, es el poeta José Koser; el hai kai está presente en los poemas de su obra intitulada Bajo este cien, donde la comprensión de formas poéticas tradicionales japonesas como el hai-kai se manifiesta en el dialogismo de su tratamiento: allí vemos hai-kai llevados al límite del versolibrismo por la ausencia de silabismo y métrica tradicionales (“Zen”), o poemas donde la síntesis clásica es quebrada por una dilatación perifrástica, casi narrativa (“Bienvenida”). el poema de Kozer se erige como el resultado, siempre incompleto, del intento de captar el “estado total del presente”, captar el momento es hacer el poema: haikú, instantaneidad, rapidez, iluminación…” expresión intensa, voluntad de asir y asirse a lo inmediato, de creerle a la vida, y a partir de ahí es instrumento útil para el erotismo. 

Todo esto se vive gracias a Oriente, nos llega por un Oriente cada vez más sagrado en poesía mientras más deteriorado en lo social. Humillado, provocado, injuriado, pero que guarda ese estado que se ha apuntado ya para un cultor del hai kai que es José Koser, el “estado total de presente”, presente no entendido como el tiempo opuesto a un pasado y un futuro al que la concepción racionalista nos tiene acostumbrados, sino como uno abierto, múltiple, convergente, donde las experiencias se integran prismáticamente entre sí y con la realidad, buscando provocar esa vivencia hacia lo Último, Total y, por ende, Uno de que ha hablado Kozer (“El que vive en lo presente vive en Dios –ha dicho el poeta-, vive en estado de santidad, en estado de sosiego. […] el poema lo que pretende es eso. […] Captar el momento es hacer el poema: haikú, instantaneidad, rapidez, iluminación…”  Tengamos presente que Para Kozer, hay que vivir una visión desocultadora, no todo encaja en el juego nihilista de los signos de los posmodernos, sino privilegiar la poesía como arma de la pregunta por la existencia.

Angélica, antes de terminar esta reseña que alguna vez publicaré simplificada, déjame decirte que igual se tiene esta noción de presente en el cristianismo (Mt 6, 34, St 4, 13-15), en tanto se acepta que el momento presente es el más hermoso. Vívelo plenamente en el amor de Dios y tu vida será como un gran cristal formado por millones de esos momentos, (cual reconoce Van Thuan, Camino de la esperanza, 1992.) 

De manera, Angélica, que acabaré esta reseña, como algún día acabaré esta existencia, como siempre que me adentro en haikus, con un brindis. Un brindis, sí, ya que además hoy es tu cumpleaños, quienes me han proseguido en esta disquisición deben saberlo y aun estamos todos a tiempo de brindar porque sigas creando, siempre en el valor de la amistad, ya que ha sido gracias a dos colegas tuyos árabes que hablan español, Ahmad Yamani y Muhsin Al Ramli, como has conseguido adentrarte en este camino, y es así que has leído tus poemas en el Primer Recital Hispano árabe de Poesía dentro de la Feria Internacional del Libro de Abu Dhabi, al que, supe, asistió el cónsul de México.

Hoy que me acerco al final de esta reseña y es tu cumpleaños, brindo contigo poeta, escritora y amiga queridísima, ya que nos disponemos a atravesar el río de los años, porque sigas en esto cada vez con más ganas, logres descategorizar, hacer subir y bajar, converger o divergir, desacralizar lo sacralizado o viceversa… Para que alcance yo a ver ese momento futuro en que brindemos con Kozer replicando a Kierkegaard: la poesía es una forma integral del conocer donde lo estético, ético y religioso se entremezclan con lo lúdico, rompiendo toda jerarquía, representación del iceberg inmenso de este universo de indagación y sabiduría, en donde sobresale el hai-ku. Para que alcance yo a brindar con más y más gente sintiéndome un pez con este haiku de tu autoría, relacionado a los peces: “Me mira el pez/ y sin hablar pregunta:/ ¿y ésta quién es?”, porque lo ha dicho Kierkegaard: “es cierto que la red es la red (como lo es también la Existencia), y que se ha tendido para pescar peces, pero los pececillos tienen paso libre”.

Porque la sujeción a lo clásico nunca te haga olvidar una de las virtudes del hai ku, la conclusión iluminada, el vacío recuperado, que adjetiva al poema: un matiz calificativo que abarca el par de proposiciones previas, un poco cual si fuese una cobija de significado: una colcha que tapa del “frío” las dos proposiciones previas; porque tengas presente a Juana María Naranjo o Jade Castellanos.

A ese gigante de las letras, Lezama Lima, que expresó en su poema llamado “”Hai-kai en gerundio”, que hay algo que no se pregunta ni cómo ni cuándo, sino sencillamente va creciendo y va temblando. Hombres y mujeres nos juntamos en este “puente hecho a base de juntar palabras”.

Sin olvidar a aquel abogado guatemalteco Flavio Herrera, (1895-1968), poeta de Sinfonías del Trópico, Bulbuxyá, Cosmos Indio, Palo Verde, Oros de Otoño, así como la novela Caos, considerada su obra más completa. Embajador de Guatemala ante Brasil y Argentina y que en la vida familiar no fue muy afortunado, ya que su único hijo nació muerto. A eso se atribuyen ciertos descuidos que lo llevaron a aislarse de la vida social. En la literatura, fué un acucioso investigador de las formas del Hai-Kai y cultivador de dicho género y el del cuento, donde destacó con “Los ojos”, “Las muletas” o “Cristo en la Finca”.

Y a las puertas del río que nos espera, el río de los años, una última pregunta a la poeta, esta tarde: ¿Por qué siendo tan breves tus haikús nos acercan a tantas cosas?  ¿Será porque el haikú sitúa en conciencia de diálogo?, es decir, se percibe como que alguien por ahí, sean los lectores o el poeta, entran en diálogo, a través de  una imagen-destello, que tiende a ser una sola, que sirve de destello, sea visual, auditiva, táctil, o mediante una contra imagen para hacer que el lector vibre, se altere, reciba la palmada epistémica como se la da por ahí el buen catedrático Gilberto Licona que intenta creer en Dios: “Alan Poe muere/ en la banca del parque/ junto a su cuervo”.

Brindo, por fin, porque abraces el reto: aquel que corresponde, no a decir, sino a hacer sentir. Para eso qué mejor que concluir con el consejo que daba el amado poeta: “No cantéis la rosa oh poetas, hacedla florecer en el poema”, lacerado hasta sus últimas carnes por la ironía sardónica de Heberto Padilla, igualmente recomendable y que sale en defensa de la rosa con o sin hai ku:   “No la pudimos hacer florecer en el poema, / mas la dejamos en el jardín,/ que es su lugar natural”.

Porque al final del día, en el haiku, en la tarde que toca a su fin, en la noche que se antoja otoñal, como en todo cuadro que se respete hay siempre por ahí escondido en un punto estratégico, un punto de fuga por el que pasa un río. Por él yo brindo. Ese punto de fuga es la eternidad. Y esa eternidad es lo que une a toda la poesía. Y este brindis culmina al borde de este río que es el río de Quevedo que se ríe de crecer, de los años, por el cual brindo con el pero de Wildgans:

Pero el río, el río sagrado,

¡todo lo acepta

en su curso plateado!

 

 

     
 
             

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