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13.Oct.15

 
 

 

         
   

Más de Guillermo Samperio

 

 

 

Carlos Santibáñez Andonegui

 

 
 

 

 

 

 

 

     
 
 

 

VALE POR SUEÑOS DE ESCARABAJO

Guillermo Samperio, Sueños de escarabajo, (Col. Letras Mexicanas), FCE, 2011. Reseña de Carlos Santibáñez Andonegui.

 

 

 

Entre los muchos regalos que ha ofrecido a la literatura mexicana el maestro Guillermo Samperio, destaca esta antología, Sueños de escarabajo, éxito de librería que recoge sus mejores cuentos, o al menos los más comentados. “Lenin en el Futbol”, donde nos muestra de manera ágil la nostalgia de asociarse, que pasa de lo anecdótico a lo universal. “Aquí Georgina”, descubre el interior de una socióloga que mantiene viva la costumbre de sentir el mundo en carne propia hasta que su pareja Bernardo le hace el amor y la libera un poco de sus tribulaciones, pero un sorpresivo final vuelve a ponerla en alerta de que ocurra algo malo, a cuyo desarrollo asistimos en “Otra casa”, que es la continuación de la historia de Georgina y Bernardo, quien se ha ido involucrando en algo con los de la colonia, algo tortuoso si bien derivado de la conciencia social, que irremediablemente, aun cuando no sepamos bien qué es, marcará una distancia entre él y su mundo. Y lamentablemente, así sucede. ¿Entendieron algo? Pues vayan por el libro, y léanlo, que reseñar no es repetir.

Samperio es un escritor que puede asirse, explorarse, que se deja abrazar. Variados son los prismas para mirar una obra como la suya. Por dar un vistazo, el cuento, su tensión, su unidad. “La Primavera aún no termina”, borda la relación de causa a efecto que hay en las cosas. El personaje dice: “la ciudad guarda muy bien sus cosas extrañas. Estimo que soy una de ellas… yo soy al mismo tiempo la cosa y la persona”. Y es que él se jubila esa mañana, después de una perversa manipulación del sistema que lo internó en una clínica de psiquiatría a consecuencia de una gestión suya para desviar el castigo que le había sido impuesto en una prisión por encontrarle propaganda subversiva, y nos enteramos que el que va a sucederle en el puesto, es una persona preparada en forma muy parecida a él, aprovechado por el sistema para ejercer labor de custodia y vigilancia, va a quedar en su lugar, es uno igual a él. El se había hecho pasar por loco para que el sistema lo readmitiera y el nuevo joven, por discapacitado, pero probablemente no lo es, pues dice el personaje: “a pesar del aparato, camina igual que yo”. El cuento es exacto, el hechizo de la transmisión de un puesto clave se hace patente en los entretelones del poder.

A veces no nos damos cuenta, el lector es emboscado sutilmente por el autor. “Tomando vuelo”, tiene como asunto las relaciones sexuales entre hermanos, pero el autor lo aborda de un modo tan travieso que lo filosófico llega después, cuando acabamos de leer el texto y nos quedamos pensando si no sería posible hacerlo extensivo simbólicamente a algo más. Si no son incestuosas por ejemplo las relaciones entre el alma y el cuerpo. Entre la vida y la muerte.

Iluminar de modo extraordinario la realidad es una cualidad que comparten cuentistas, ficcionistas y poetas. Arriesgo yo: dejarla más limpia, aun al precio de que parezca más sucia. Quede para la crítica delimitar los matices que separan al ficcionista del cuentista tradicional, yo les ahorro un poco el trabajo pensando al revés. No en qué los separa, sino que los úne, y se los contesto inmediatamente: los une lo poético. Este iluminar en forma extraordinaria la realidad, déjenle de dar vueltas sobre qué es, es poético y punto. “La Señorita Green”, aquella joven que se volvió verde. “Muchos dermatólogos lucharon contra lo verde y todos fracasaron. Lo verde venía de otro lado. Verde se quedaría y verde se quedó”. Pero he aquí que de repente Samperio introduce que una tarde “mientras la mujer verde descansaba en su casa, tocaron a la puerta. Ella se arregló su verde cabello y abrió”. ¿Y quién era? Un hombre absolutamente violeta, con el cual por fin, ella es feliz. Y como ya no hay nada más que decir, y se ha llegado al dulce: “colorín colorado, este cuento se ha acabado”, el maestro repone: “Luego, cerraron la puerta”. Bien, esta es la maestría. Ese cuento de Samperio es poético, esté o no en verso. Es importante verlo así. No estoy diciendo que sean poemas, entiéndase bien. Sino que son poéticos, estén o no en verso. Ojalá que todos pudiéramos hacer algo así, aunque fuera los domingos. Ahora bien, para quien quiere ver las cosas unidas y no revueltas, pero menos todavía aisladas unas de otras, fragmentadas, o desunidas, resulta que este afán, es poético. Esta es la importancia de crear o recrear textos de ficción, con la perspectiva que lo hace Samperio, como un grito imparable de libertad. En Sueños de escarabajo reúne algunos de sus cuentos más leídos.

El arte de ficcionar consiste en sorprender el detalle insospechado en cosas de la vida, con tal de iluminarla en forma extraordinaria, pasando por la estrechez de los significados humanos, la duda, la vergüenza, la risa, para dejarla más limpia de lo que se encontró. El detalle que ilumine un entorno, cuando no, una época. Por ejemplo un vino tinto, con una araña añeja. A ese tenor el personaje piensa, el autor crea de eso un cuento, y hay en este cuento como esa misteriosa mecánica de las conjeturas, pero todo es para acabar expuesto en un museo donde los otros lo ven pensar, es el caso de Otto a cuya madre le ofrecen dinero para exponerlo en la Sala Chopo, donde dan funciones de animales muy arriesgadas. “Otto” es la historia de un ser que encuentra su explicación de vida. Como el personaje de la novela Niebla de Unamuno, quien descubre que vive porque alguien lo está pensando, Otto llega al fondo, pero en el caso de él, lo hace al fondo del museo en un momento en que se ha ido la luz y nos devela la conclusión del cuento, al encontrar su nombre junto al siguiente letrero: “…desde luego que el embrión prosigue su desarrollo, pero el resultado, en la mayoría de los casos, es nefasto”.

Samperio en personajes degradados, aparentemente desolados como Otto, ilumina en forma extraordinaria la realidad. Otto es un personaje de museo al que avanzando al fondo del mismo, le es revelado su destino. “Noble corazón”, va al fondo de los problemas de escritores que pulen sus textos, pero ¿para quién?, ¿con qué objeto?, ¿lo saben ellos mismos?, o sólo lo imaginan, añadiendo vacío al vacío, acomodándose y desapareciendo luego entre cortinas. Son cuentos, pero se trata de la realidad. En ocasiones iluminarla es ensuciarla. Lo decía Gramsci: “La literatura es el pantano”. Pero, ¡cuidado!, el pantano representa un riesgo: el de hundirse, y en el momento en que la ficción o la poesía o como se llame, ya no me alumbra nada, no me revela nada, no es nada, no sirve para nada. Como en su momento pertenecieron a Arreola, hoy son de Samperio el retrato inimitable, el don de entresacar lo único que nadie había visto así de ese modo, de situaciones o personas, aquello que ni el cine, ni los más refinados movimientos de cámara podrían igualar, porque saca cosas del fondo de lo humano que no pueden decirse más que con palabras. Hasta parece sabotaje a aquello de que “una imagen dice más que mil palabras”, y ardid para arrancarle a la imagen, lo que jamás se alcanzará a expresar ni con millones de imágenes. El narrador nos vuelve a enseñar de qué sirven las palabras si uno se deja ayudar. Por ejemplo: “Miró por la ventana, sus ojos se fueron hasta el fondo del panorama… la canción se le quedó rodando por dentro; le entró la tristeza”.

Dr. Mane es la historia de un médico que ahorcó su poemario. Comete ese crimen. Había querido inventar la poesía del siglo siguiente, cuando detrás de él pesaban elefantes como Pessoa, Auden, Gorostiza, Eliot, Quevedo, Montale, Lautreamont, Catulo, Paz. El humor no está exento de caer de soslayo en estos textos, como en “textófaga”, una literata de altos vuelos, que convence al Doctor, en lugar de escribir poemas le dice “ya es hora de que te pongas a recetar tus eternos antibióticos y tus jarabes contra la laringitis”. Y el señor comete un crimen, sin más pensarlo se desequilibra mentalmente, y ahorca su texto. El agravio es al poema mismo, que el doctor ahorca de plano, luego ejerce violencia sobre su interlocutor, que sutilmente había ido preparando este momento, de que el autor enamorado de sus palabras las redujera a la nada, y por último, llora, llora muy quedito como un niño desprotegido.

Digan lo que les plazca; sea de ello lo que fuere. Yo a Samperio lo tomo por el lado social. Su lección para las jóvenes generaciones asigna cuando menos una obligación al ficcionista: iluminar la realidad. Se vale retorcerla, con la condición de iluminarla más todavía. Buen ejercicio leer así a Samperio, y a ficcionistas, como Rafael Pérez Estrada. Una ficción funciona, igual que una poesía, en la medida en que ilumina extraordinariamente la realidad.

Los personajes revelan, enseñan, descubren, el hijo de Pito Pérez, convertido en extraño filósofo, es real. La vocación de autorizar las cosas, que el cuentista tiene la despliega en medio de una trama de vocablos, como en “Ella habitaba un cuento”, hay recados que apuran lo inconsciente que pugna por salir, por arrasar, en medio del humor más extraño, como aquella tarjeta pegada con un mensaje que dice simplemente: “Dany, sé que te van a llevar a través/ de muchos caminos. Felicidades; te/ quiere: tu Mamá”. Hay un enfebrecido ambiente de circo, de suerte por realizar, de magia presentida de lejos como en esos “Zapatos de tacón negros para la mujer linda de los zapatos de tacón rojos”, dedicado a Lucía Maya, y un acto de circo que ya sale al final y acaba con el cuadro. Surge un águila real en que el destino se invierte, la magia no es que la hagan aparecer de la nada, sino que le aparezcan a ella un salón lleno de gente. El mago llama a su querida Vicky: “ella misma es la magia. Sin ella no sería lo que soy. Vicky, por favor, acércate…” Samperio es dueño de todo… ha creado un ambiente. Ha ficcionado, el lector es casi su esclavo en busca de placer, la ayudante oriental será partida en pedazos, el mago informa al público que ese acto es “muy practicado por la mayoría de los magos pero en esta ocasión desea ofrecer una variante…” Podemos imaginar el rostro chispeante del autor detrás del cuento que casi se escribe solo. Y al final, cuando todo vuelve a ser como antes, cada quien se retira con su catarsis a renovar el ciclo de la rutina que lo acomete como de costumbre a punto de rondar “su almohada antes de dormir.” Samperio es juego, juego de luces entre lo verdadero y lo verosímil, juego que hace del cuentista un mago que autoriza la realidad. Algo que sería maravilloso que ocurriera y que sólo a él se le podía ocurrir como en “Ella Habitaba un Cuento”.

La razón del título del libro, es el cuento “Sueños de escarabajo”, el nombre que lo resume todo, busca su ancla en uno de los temas de la vida actual: el surgimiento de los Beatles: los escarabajos. Hay un personaje que vive lo que muchos vivimos al surgir la explosión de los grupos de rock. Al igual que muchos, Freddy desconocía a cabalidad la traducción de las letras de sus canciones y un amigo se las traduce a su modo. Entonces se da cuenta que más allá de todo, la gasolina que los Beatles traen alcanza, es suficiente para entender que las cosas no andan tan bien como la gente dice. Había una “ligazón sonora” entre él y su chica, Adela, quien “lo veía desde la eternidad de sus ojos castaños”, para llevarlo adonde las palabras seguían siendo inútiles. Y ahora, que han pasado los años, que ya cuenta con siete de casado y dos hijos comprende que tenían razón. Los Beatles fueron la semilla donde los humanos podían desempolvar sus sueños de escarabajo hembra o macho, destilaban “cuestionamientos, sarcasmo, juego, abrían puertas, señalaban con el dedo”. Si las pandillas de cadeneros de antes, a “fregadazo limpio tocaron la puerta del ‘aquí estamos’, Los Escarabajos llegaron a tiempo, para que se diera el acoplamiento perfecto. Desde esa nueva posibilidad resultó muy fácil saltar hacia Bob Dylan, Joan Baez, Los Rolling. Los padres nunca imaginaron que sus hijos utilizarían la electricidad para hacerse escuchar a veinte cuadras a la redonda”. El texto es útil porque demuestra de qué manera el mensaje de los Beatles, no es que haya cambiado al mundo, sino se hizo voz del cambio que se necesitaba en el mundo, y fue posible que la juventud hiciera su doble fila a fin de coordinar los movimientos del cuerpo colectivo. Nadie podrá escuchar igual, después de este texto aquel “She loves you, yeah, yeah”… Nadie se irá del mundo sin reparar en el sabor de tardeada, de romance de época en el que “se besó a quien en el fondo se deseaba besar, pero qué importaba, si también se besó a quien en el fondo se quería”.

Espiando el romance que hay entre literatura y música, de la mano de Samperio saltamos a otro menos franco: cuánto se tienen que decir entre ellas, la literatura y la psicología, y de que modo tan hermoso se lo dicen, y con Guillermo Samperio podríamos añadir, se lo cuentan, se lo confían. Hay una descripción del proceso de extensión de la depresión a uno mismo y su proyección en objetos del mundo exterior. Una pareja siente que por esa misma hipocresía que late, a querer o no, en el fondo de las relaciones humanas, el matrimonio es lo que es, un contrato. “Familias, os odio”, dijera Gide. El enemigo, es decir, la destrucción, se filtra en uno mismo y poco a poco alcanza a los hijos.

Creo que algún crítico habla en teoría literaria, sobre un concepto nuevo, al menos para mí: el “mitologema”. Me pregunto si sería posible ampliar esta definición hacia el trabajo de Guillermo Samperio, si sería posible plantear que ha llegado a exponer de algún modo un “mitologema social”. Para concluir expreso que a mi gusto, la genialidad indiscutible de Samperio se toma y deja asir, por el lado social. Hay algo que se llama emoción social. Entre todos los seres de este mundo componemos, a querer o no, algo llamado tejido social, hoy día tan fracturado y descompuesto con los problemas que nos duelen, la contaminación, el hambre, las guerras fratricidas en donde nadie sabe para quién pelea, y todavía la venta de las ideologías y el fracaso abrumador de la mayoría de los gobiernos. Entonces, la maestría se alcanza cuando se parte en dos la realidad: y es antes y después de la piedad. Cuando nos penetramos de “las distintas lástimas”, que el autor nota en “En el departamento del tiempo”, y caso por caso, ve dónde lleva esa piedad, dónde la pone, para que sirva de algo o dé fruto, aunque para eso tenga que tomarse un té de boldo en su punto, pues no se trata de comprometerse de golpe; contar a la manera de Samperio, no es tomar partido a la primera. Está hecho el retrato y eso es lo que cuenta. “El hombre de la penumbra” es, en Samperio, más que un personaje aburrido que se la pasa en su oficina hasta después de las diez de la noche, la emoción social reducida al fracaso, el drama del “secretario particular” que toda la vida dependerá de que se apague la lucecita del jefe, esa rendija por donde le entra la luz que le perdona la vida. Es la historia del hombre que traslada al laberinto de canceles su atado de ilusiones, su “sueño de amor”, y guardó la calma, con su esposa todavía fiel, “en el sobrentendido de que su esposo se encontraba siempre allá, del otro lado del DF, en la gran oficina”, y así noche tras noche él espera a que se apague la lucecita del jefe, o más bien, que se prenda, que se vuelva a encender para que hombres de portafolios prorrumpan desenfadadamente, y el jefe se aproxime a decir: “¿Qué está haciendo aquí a estas horas, Rodríguez?” Ahí está el narrador Guillermo Samperio, para honrar el momento y ofrecerlo en sacrificio al lector, mientras el brazo de Rodríguez continúa extendido como si escribiera, y el autor testimonia: “desde el cielo oscuro del Distrito Federal entrarán las diez de la noche; Rodríguez se levantará de su silla giratoria, se abrochará el segundo botón de su saco gris, y con pasos seguros, distinguidos, se dirigirá a donde lo espera su mujer”.

“La Gertrudis”, comenta qué pasó con don Chucho, que tenía su puesto de periódicos en la Doctores y a quien un cliente trata de ayudar, se lo lleva a su oficina a ganar, aparentemente, más dinero. Pero llegando allá, no le dan su lugar de mensajero que le habían prometido, lo toman para mozo y lo que es peor, al descuidar los horarios de regreso al hogar que antes tenía, ocurre lo más triste, la Gertrudis su esposa se le va con otro. Con el señor de los camotes. Está dedicado a Marco Antonio Campos.

Quizá porque la mirada de Samperio es, como el epígrafe de Oscar Collazos: “Un horizonte de naufragios/ la esperanza en todas partes”. Si percibe el riesgo del Estado como el gran comediante, de su capacidad para ponerse el disfraz que más le conviene, “el Estado-china poblana, el Estado-filantropía, el Estado-buena conciencia, el Estado-señorita que se quedó para vestir santos”, o el que se apoya en la democracia como un viejo bastón, deja que sean sus personajes como el de Georgina, cuya piel invita a compartir ese juego de palabras “piel ageorginada”, quienes vistan y desvistan al gran comediante, y él guarda, sin descubrir, para sus íntimos adentros, el inapresable “sueño de amor”, tan pretendido en el pacto social de Rousseau, mientras la leche se calienta y Georgina recargada sobre el refri, deja escapar la dulce melodía que le gustaba a una niña: “Cachito, cachito, cachito mío, pedazo de cielo que Dios me dio”.

Es por eso que hay frases que de repente abren para nosotros el sentido condensado en mucho tiempo de vida y ansia colectiva. El personaje dice en “Venir al Mundo”, quiero recordar la tarde en que se derramó el vaso, pero es para referirse al Dos de Octubre, fecha a partir de la cual él siente haber nacido.

La mirada de Samperio –hay algo que se llama mirada, en literatura, unos le dicen oreja, perspectiva, voz- es un acumulado de lucidez que se cierne sobre el objeto que cuenta, y a veces entre más breve, más impregna. Alcanza ese valor de impregnación como en “El borracho” con suerte en la cantina que sufre cuando llega la hora de cerrar y su coraje lo pone “más ebrio que su ebriedad”, y al regresar a casa se rehúsa a apagar la luz del cuarto en donde su mujer se confiesa cansada porque los niños dieron mucha lata y la sirvienta estuvo insoportable y él, por toda respuesta, le reprocha: “tú quisiste tener a los escuincles”, y como macho infernal, la acusa de ponerle los cuernos y cuando intenta contradecirlo, “él le da un bofetón, la toma de las greñas y la comienza a zarandear”. Toda la imbecilidad y la brutalidad de este hombre se extiende como una sombra que deshace el entorno y mancha, vuelve a manchar la de suyo insistente mancha urbana. Los cuentos de Guillermo Samperio están hermosamente cifrados en lo humano, en la mancha, donde duele lo que duele y atrapa y eleva a pensar, a descubrir, a gimotear, a dar muchos gritos antes de darse por vencido. Son cuentos cifrados para años, para décadas y siglos que vendrán, a leerlos donde él los dejó, en ese lugar de la mancha.

 

     
 
             

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