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30.Mar.15

 
 

 

Diana Violeta Solares

 

 

Nació en Xochimilco, D.F., en 1970, y desde entonces ha vivido en la Ciudad de México, Oxaca, París, Querétaro, y a donde la lleve su vocación de maestra. Ha publicado cuentos en las revistas Molino de Letras, Sapiencia y en el periódico El Financiero. También ha participado en las antologías Alguien te busca en el espejo (Instituto Mexiquense de Cultura, 2005), Historias de lectura 2 (Conaculta, 2006), Que el tiempo lo decida (Colectivo Entrópico, 2007) y Prohibido fumar (Lectorum, 2009). En 2010 se publicó su libro de cuentos Ni una gota (Molino de Letras).

   

Moneda al agua

 

 

Estuvo puntual, 9:30 de la mañana en el lobby del hotel, como habían quedado.  Transcurrieron unos minutos y decidió sentarse. Ensayó una postura que no hiciera evidente su ansiedad. Tomó una revista de modas, la cambió por un periódico, volvió a la revista pensando que sería más femenino, pero ¿y si la hacía ver como una tonta? Sus ojos pasaban de la revista a la puerta giratoria esperando el momento en que el otro apareciera.

Pasó un cuarto de hora. ¿Cuándo había tenido que esperar tanto tiempo para una cita? Al contrario, eran los otros los que debían esperarla. Se arrepintió de salir de su habitación tan puntualmente, debió haber dejado pasar unos  minutos para evitar la situación que ahora sufría, sintiéndose observada por la mujer de la recepción y por el botones que ya había cruzado tres veces el lobby mirándola de reojo. En algún momento le pareció que ambos intercambiaban sonrisas burlonas.

Pensó que más bien el error era haber aceptado tan rápidamente la invitación de aquel hombre, debió decir “no”, dejar que el otro insistiera hasta arrancarle el “sí.” Aunque a final de cuentas a eso había ido a Veracruz, a dejarse llevar por las aguas del puerto, a buscar un hombre de mar que la hiciera olvidar por un instante sus jornadas de ocho horas de hospital poniendo sueros e inyecciones.

Era obvio que el tipo que había conocido esa mañana no era un hombre de mar, pues no tenía los gestos duros de los pescadores. Se trataba de un corredor que se encontró de frente mientras ella caminaba en el malecón. No pudo evitar que sus ojos se pusieran en las manchas de sudor de la playera del deportista, mientras él ponía los suyos en el escote de su blusa. Cuando sus miradas se encontraron ella se sonrojó, él disminuyó su carrera y, poco a poco tomó su mismo paso y dirección. Intercambiaron breves comentarios, ella estaba ahí vacacionando mientras el otro estaba por asuntos de trabajo. No sabiendo qué más decir, a él sólo se le ocurrió hablar del clima, del sol luminoso a pesar de las nubes.

Simulando un poco de temor, ella le dijo que en las noticias habían pronosticado la entrada de un frente frío. Entonces él le tomó suavemente la mano derecha, la cerró en un puño y levantó su brazo apuntado a una nube lejana. Le dijo que si esa nube era del tamaño de su puño, entonces efectivamente habría posibilidad de tormenta.

A la mujer se le iluminaron los ojos, le preguntó si era marinero. Geógrafo, le respondió. Estaba ahí para dar una conferencia a jóvenes de la universidad y para sacudirse su condición de hombre abandonado, después de un matrimonio de nueve años. Bueno, eso último no se lo dijo, pero llevaba a cuestas el peso del abandono y la presión de sus amigos animándolo a intentar una nueva conquista. Él no sabía cómo hacerlo, o tal vez no quería, porque se la pasaba marcando el celular de su esposa o enviándole mensajes pidiéndole que regresara. Confundido, sin poder elegir en ese momento entre volver a su hotel para seguir insistiendo con sus llamadas o intentar una conquista, se desbordó con aquella mujer en una perorata sobre las corrientes de aire frío que desplazan a las del aire caliente, llevándolas a las alturas hasta que se forman cúmulos, nubes esponjosas de color blanco o gris, “como motas de algodón flotando en el cielo” y que luego revientan en grandes tormentas.

No estaba segura de haber entendido con precisión cómo se producen los frentes fríos, ni si llovería esa tarde o no. Lo que sí sabía es que las palabras y el tono suave de ese hombre, su sudor y la calidez de sus manos, la habían perturbado. No dudó ni un instante cuando él, tímidamente, la invitó a desayunar, le respondió “con mucho gusto” antes de que el otro terminara la frase.

Entre balbuceos el hombre le dijo que primero se daría un baño. Y aunque tuvo la amabilidad de acompañarla hasta la puerta de su hotel y repetirle que estaría ahí dentro de una hora, no pudo quitarse de encima cierto malestar. Ni ella que era mujer necesitaba tanto tiempo para darse una ducha. 

El reloj de la recepción marcó las diez de la mañana. Más que suficiente. Lanzó la revista sobre el sillón y se puso de pie. No le dio ni tiempo al botones de ayudarle con la puerta, a la que dejó girando después de empujarla violentamente.

El sol estaba en todo su esplendor. La gente iba y venía por el malecón con nieves y globos. Ella caminaba con el gesto fruncido, masticando maldiciones y regañándose a sí misma. El vigor de su paso hizo que el sudor escurriera por su frente y que la falda se le pegara a las piernas. Caminó hasta toparse con los barandales a la orilla del malecón. Apoyó su cuerpo en ellos, cerró los ojos y respiró el aire salado. Entonces los oyó:

— ¡Tire su moneda al agua, señorita! ¡Tire su moneda al agua!

Lo dudó un poco, pero finalmente sacó de su bolsa una moneda y la lanzó lo más lejos que pudo. Un par de muchachitos de piel tostada y cabellos de cobre se echaron al mar. Con envidia los miró zambullirse tras la moneda. Qué ganas de haberse tirado ella misma, de quitarse el vestido y chapotear igual que lo hacían los chiquillos.

Unas cuantas lanchas estaban atracadas en espera de turistas para llevarlos a San Juan de Ulúa. Miró detenidamente a los lancheros, varios de ellos le gritaron ofreciéndole un paseo a buen precio. Eligió al que tenía la espalda más ancha y la piel más quemada. Compró una nieve de jobo y nanches al anciano que empujaba un carrito. Dio un sorbo a la nieve dejando que resbalaran algunas gotas de sus labios, desabrochó un par de botones de la blusa, levantó la falda más de lo necesario para subir al bote mientras unos brazos fuertes la tomaron de la cintura.

“¿Habrá tormenta?”, le preguntó al lanchero. “Como usted quiera, preciosa, como usted quiera.”

 

 
           

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