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Tulancingo, Hidalgo, México

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2.May.17.

 
 

 

 
 

 

 

CAMINOS DE TULANCINGO

Por Gloria Valencia Vargas

 

                                                                                “Los caminos de la vida, no son como yo pensaba,

                                                                                       como los imaginaba, no son como yo creía…

                                                                                      los caminos de la vida son difíciles de andarlos…”

 

Tulancingo es una región de tránsito, desde épocas prehispánicas, hoy, con las modernas carreteras, se puede llegar pronto a lugares del norte del estado, a ciudades importantes como Veracruz, Querétaro, la CDDMX, al estado de México, Puebla Tampico.

Antiguamente los caminos a Tulancingo eran peligrosos y molestos como lo atestiguan distinguidos viajeros en el siglo XIX:

“Viaje muy molesto, como todos los que se efectuaban a cualquier punto de la República era hasta hace un año el que se emprendía a Tulancingo… Antes de que por los Llanos de Apan cruzaran las cintas de acero del ferrocarril mexicano, para ir desde México a Pachuca a Tulancingo, había que arreglar todos los negocios, se disponía un coche con buenas mulas, o se tomaba con anticipación, después del año desde 1841, el boleto en la casa de las diligencias, fijado también con mucha anterioridad el día de la marcha. Levantábase el viajero muy de madrugada para gozar de la frescura de la mañana, con traje de dril y sombrero de bejuco. En ese viaje se gozaba mucho: las mañanas son muy agradables en el Valle de México, mucho más a la salida del sol, cuando las elevadas montañas que cortan ese Valle por la parte oriental, se dibujan teñidas de púrpura en un fondo azul; poco a poco el paisaje toma un nuevo aspecto no menos interesante; después el calor comienza a sentirse y cuando se atraviesa el llano salitroso conocido con el nombre del Salado incomoda mucho.

Ya muy cerca de la noche se llegaba al lugarejo llamado Venta de Cruz donde en un mal mesón se pasaba peor noche; el huésped daba la llave de un cuarto húmedo, con goteras que rociaban al caminante si por su desgracia llovía, y con un banco de cama molestísimo, de manera de que si los pasajeros no llevaban sus catres y si no procuraban acomodarse del mejor modo, de seguro no dormían a pesar del cansancio y el deseo de reposo… En la estación estival se ponía el camino tan fangoso que había que caminar con mucha lentitud y de seguro llovía  en las tardes convirtiéndose la vía en intransitable pantano, y no pocas veces les era preciso a los viajeros bajarse del coche viéndose obligados a andar entre los más barrosos lodazales, cayendo y levantando, resbalándose en cada paso en el atolladero y había de continuar el camino a Pachuca o Tulancingo como Dios daba a entender, a caballo, o a pie o en un vehículo cualquiera tirado por bueyes…”

 

Hasta aquí la narración de 1883 por el Maestro Manuel Rivera y Cambas. Al que parece que no le fue tan mal fue a Maximiliano de Habsburgo:

”A las seis de la mañana del treinta y acompañados por una gran comitiva, que nos dejó hasta muy lejos de la ciudad emprendimos nuestra caminata para Tulancingo, donde llegamos a las cuatro de la tarde…” José Luis Blasio.     

 

¡Imagínense transitar por el camino de Ecatepec, Tizayuca a Pachuca en época de lluvias ¡cuánto tiempo se hacía! En el siglo XX, ya se transportaban los viajeros por el ferrocarril, después en los camiones de pasajeros.

En los años 60, había tres líneas de pasajeros los Guajoloteros, los de Segunda o verdes y los rojos o de Primera. Se hacían tres horas o hasta cuatro había paradas en; San Cristóbal Ecatepec, Ozumbilla, Tizayuca, tres paradas en Pachuca y por fin se llegaba a Tulancingo.

Las nuevas vías han sido de beneficio para los distintos municipios, no en estas épocas que se construyen para saquear nuestros recursos.

Hasta la próxima. Sus comentarios serán bien recibidos y tomados en cuenta si los envía a: lolvalart@hotmail.com.

 

 

 
     
     

 

 

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