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16.Nov.17

 
 

 

         
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CARLOS SANTIBÁÑEZ ANDONEGUI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

La Poesía de Maricruz Patiño

Maricruz Patiño: La misteriosa voz

 

1a Parte

 

por Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

1) Por qué la poesía no tiene argumento

Se han dado múltiples definiciones de poesía y para el que desea acercarse a ella sin estar muy seguro, es indispensable entender que no la va a encontrar en un argumento. Casi ninguna definición es tan adecuada como la de revelación. No es que cuenta algo, es que Revela algo. Toda poesía es un acto de revelación, es un arte usado para dar a entender más de lo que se dice.

Con Maricruz Patiño la poesía se nos presenta en el común denominador de la revelación que por sí sola se vuelve protagonista del texto. El argumento pasa a segundo o tercer grado. El único argumento válido de la poesía es ése: el decir más de lo que las palabras dicen. Luz del alma que existe y alumbra incluso a espaldas del texto. “Concierto mudo –dice- el de la Revelación”.

¿A qué nivel ocurre esa revelación? Al nivel del lenguaje. La poesía establece un orden de significados revelados al único nivel propio de ella para, en principio, revelar: el lenguaje. Es un instrumento valioso de conocimiento, porque ayuda a conocer de qué manera, el lenguaje, como todo saber, tiende a perder valor de uso y convertirse en valor de cambio.

Por esta propiedad de revelar significados nuevos en lo que se dice, la poesía va espontáneamente en contra de la inercia social de comprar y vender cosas. No es que la repudie, pero un hallazgo poético es algo que, en principio, te da la alegría del descubrimiento y esa alegría te hace olvidar un poco que todo es mercancía; no significa que los poetas deban morirse de hambre o sea egoísta cifrar un triunfo de carrera literaria y poética en ventas; vender cuando es fruto de talento, es dar al público algo que requiere, que lo pide, y en ese sentido tenemos el consuelo de que la poesía, a la larga, (lástima que a veces muy a la larga) sí se vende, pero al estarla leyendo lo que te hace es dueño de un momento valioso, de distinto valor, que agrada, atrae, ilumina a quien lo lee, y en esa medida, puede resultar crítico de lo anterior y a la vez proponer algo nuevo que es, tan fácil, que parece mentira.

Para enseñar poesía, empecemos por recordar qué son los instintos. Los instintos biológicos, cuando revelan, mediante la poesía, amplían considerablemente nuestro conocimiento de la vida. Parece mentira cuánto hemos jugado con el tema de los instintos, como si no fueran los mismos para todos, y cada quien pudiera hacer la lista de instintos que le viniera en gana. En la amplitud y variedad con que el ser humano trata la palabra instinto, refleja su orgullo. La poesía necesita partir de verdades, no de eufemismos como “nos acercamos a Dios por instinto”, o “Borges tuvo un fino instinto poético”. Son frases hechas. No las vamos a quitar, pero lo mejor es contar con el instinto para entender en sus cimientos la condición humana y, por ende, la poesía. Las mejores definiciones son las que no dejan lugar a dudas: instinto es una pauta hereditaria de comportamiento, que comprende a todo organismo vivo. Lo demás es una sublimación de la que no han podido librarse ni las enciclopedias. El listado es muy claro y no admite medias tintas: el instinto de supervivencia: se sobrevive o no se sobrevive, se es o no se es. Nada más. Si uno huye ante un ataque, no es porque tenga el instinto de fuga, sino el instinto de supervivencia, nada más. Si uno lucha en defensa propia, no es porque tenga el instinto de andar luchando y sea muy peleonero como los perros, no, es una manifestación del instinto de supervivencia. El hambre. Cuántos hablan de instintos sin hablar del hambre, es el colmo. ¿Podrían alimentarse de imágenes o algo? La sed, cuánta gente da conferencia sobre los instintos, y ni agua se sirve en el intermedio de su charla, es el colmo, por ellos, ya podría uno morirse de sed con tal que le pusiera atención a su teoría del instinto. En cambio veamos esto, que dice Maricruz: “Termina el día, pero nunca el mar”.

Con el sueño, es el colmo. Malos poetas que hacen bostezar, de seguro desprecian el sueño o no lo han comprendido, sin sospechar en cambio, que nos estamos durmiendo en su lectura. Sólo con quien comprende que dormir es un instinto, que podemos hacer miles de experimentos psicológicos, poetizarlo incluso, pero a fin de cuentas es un instinto, (que reconocía Amado Nervo como “el segundo hemisferio de la vida”) nos podemos acercar al empeño de la comprensión de que “el sueño, nuestro mago, es un sublime y santo mentiroso”, como quería Gutiérrez Nájera, y que en esa tesitura, para el sueño no hay más remedio que dormirse, así como para la risa no hay más remedio que reírse, y en esa medida entender como reacción instintiva, la risa o el llanto. Así Maricruz en su sección intitulada “Sueños”, concretamente en el poema “Sueño IV”, interpreta el sueño como el resplandor lúdico, el fuego ha hablado: ¿qué dice el fuego?/Detrás de la consumación/ pasan los rostros de las cosas/ la llama sin embargo permanece intacta/ leal a su condición/ el placer prevalece”.

2) ¿Por qué la poesía tiene figuras retóricas?

- Porque el placer prevalece también en lo literario: ante la magia del juego, el recurso de lo nombrado y sus figuras, que en Maricruz campean, como el calambur:

La voz tan sola

Tan sólo ola a medio mar

Veamos ahora  el instinto sexual. Los humanos lo que tenemos es un instinto sexual, que puede o no transformarse en amor, pero no en deseo de fomentar la reproducción de la especie, eso es una confusión inducida por manipulaciones religiosas. La que va detrás del afán de reproducirse es la naturaleza, en cada una de las especies, no nada más la humana, entonces no es cierto que el sexo sea el instinto reproductivo, esto es repugnante. Nosotros lo experimentamos como instinto sexual. Punto. La naturaleza lo tiene como afán de reproducción de sus especies, es otra cosa.

El instinto de andar vestido. No es la especie humana lo mejor para andar desnuda. Pisa cosas que hieren su pie, contrae un resfrío, etc. Andar vestido es un instinto. El instinto que Maricruz elige para alternar, poeta a poeta, frente a frente, con Octavio Paz, de entre los nueve más reconocidos, es, ni más ni menos, el de habitar.  La poeta conoció a Octavio Paz y estuvo en su taller. Entonces el tema por el que se atrae al intercambio poético, es habitar, ni menos ni menos, la casa:

“Siempre hay una casa

la casa nos persigue

se lleva dentro

si estás en este mundo

es imposible no tener una casa.

Cuando nada se tiene

el alma es una casa

la piel es una casa

y por último maestro Octavio:

la mirada también es una casa”.

Igual, con Maricruz en: “Habitar la casa”, es metáfora pura: la casa es un deseo que se acrecienta. La mejor casa que puede encontrar para vivir, un poeta, es la poesía de otro poeta. Para vivir, claro, pagando renta y no de prestado. Algún papel tiene Paz, su estro, sus figuras retóricas como el paralelismo o la personificación, así como las intuiciones que habrá podido cederle a Maricruz en el valor de la amistad, en esa casa de palabras construida por ella, donde llegó a posarse de una vez y para siempre “la misteriosa voz” de la poesía:

y pone casa en el corazón

por fin se asienta

Esta sección en sí,  “La misteriosa voz” es la última parte del libro y da título al mismo, y es en realidad lo único que estaba inédito cuando la poeta culminó la redacción de esta su obra antológica que intituló La misteriosa voz, en 2015, dándose cuenta que el tema la ha estado siguiendo a lo largo de su vida, por eso decidió asumirla formalmente como una conclusión que encomendó a “Fredo Arias de la Canal”, quien ha indagado, dice en la dedicatoria, ha indagado por años el origen de esa voz.

Los instintos, esto sí, pueden satisfacerse culturalmente. Por una situación aprendida de refinamiento, el ser humano trata de casarse en vez de simplemente satisfacer el instinto sexual. Tratas de nutrirte en vez de tomar agua y comida sin ton ni son, pero no es que el instinto se llame nutrición, ni matrimonio. Hay algo con la cultura, parecido a la hipérbole, pero no es un instinto, tiene que ver como su nombre lo dice, y lo decía, antes de consumarse la metátesis de significado que hubo en dicha palabra, con cultivar, y cultivar es un acto de amor, ejecutado por la razón. Se produce la cultura al cultivar el instinto. Pero hablar, constituye un bien cultural que sobrepasa lo instintivo. Dice Maricruz:

No pueden las palabras

decir lo que pensamos entonces,

o nombrar lo que miramos hoy

ni amar a viva voz lo que dejamos

Tal vez por eso hablar, no sea un instinto. No que el lenguaje lo sea, pero sí navegar: zurcar el cosmos hasta que el barco se hunda, hasta que se rescaten su metonimia y su sinécdoque:  “En este navegar el único timón son las palabras”.

Ni la cultura misma es un instinto, pero sí lo es el navegar, y andar limpio. El ser humano, por instinto, rechaza vivir en medio de la basura, busca lo escombrado, no lo pulcro y aseado eso ya es otra cosa, ahí estaríamos ante un convencionalismo, pero sí hay un rechazo a vivir dentro del desperdicio, en la basura, en el polvo, por qué no decirlo también: en el olvido. Hay como un impulso ecológico que tiene algo de instinto, pero no que el Hoy No Circula se halle en la lista de los instintos. Lo que sí hay en la lista de los instintos, es el llamado instinto gregario, base de la comunicación, que sigue siendo base de esta era también denominada de la información o comunicación, el instinto gregario, por el cual el humano necesita su grupo, su agregado complejo de individuos que desempeñan un rol frente a la sociedad, y por el cual el hombre viene a ser como quería Aristóteles, el zoon politikou, que no quiere decir animal político, sino precisamente animal social, porque los griegos usaban el término polis, como ciudad, como construcción social de muchos, no únicamente como toma de decisiones que se respaldan por medios públicos con el fin de beneficiar a muchos, que es la política. Entonces, el instinto gregario tendrá su signo en el constructo social, donde están las tomas de conciencia de que somos muchos, nos hacemos engaño unos a otros, o nos enajenamos o manipulamos las masas. Por ejemplo, en el tema del constructo social, es donde ocurre que nos pasamos la vida tratando de entender el bien común, estudiando sus definiciones profundas ya sea en el evangelio, en el comunismo, o de perdida en el socialismo, y lo hacemos complejo porque se nos olvida el verdadero instinto que le da vida, que es el instinto gregario, la necesidad de andar en grupo, que impele a convivir y andar lo mejor posible no friquéandose con todos so pretexto de saber más que ellos, y entonces llega Maricruz y rompe el orden con un verso sencillo:

¡ni el socialismo cambiará el rumbo de la vida en común!

Y ahí está ya la propuesta reveladora, la enunciación poética por excelencia, que no es en sí, ni una manera bonitoide de decir las cosas (eso es mero adorno), ni una pesada carga teórica filosófica, sino exactamente eso: una revelación que ilumina (de manera aparentemente sencilla) algo hasta entonces no percibido tan exactamente por todos:

Es domingo porque yo quiero

Es desde esa tesitura de lo social angelical, que se comprende lo más grave, lo más duro de los ángeles, acaso aquello que nombrara Rilke de que “todo ángel es terrible”, y que conduce también a la socialización de lo angelical, en la medida en que plantea Maricruz:

Los ángeles existen, camarada,

y su existencia es perfectamente comprobable

3) Por qué nos cuesta creer que en la poesía no sólo cuenta el hacerla

Por orgullosos. En el camino de la creación literaria, hay que desprenderse de orgullos y de fantasías. Y una de ellas es la de que todos tenemos aquí que ser poetas. Todo mundo es poeta, como dice el refrán, de médico, poeta y loco, y además todo mundo que quiere ser creador literario, tiene forzosamente que hacerla. Hacer la poesía.  No puedo ser un creador literario si no hago un poema. Entonces; esto es lo que precisamente nos hace odiar más a la poesía y alejarnos de ella, de verla como una obligación semejante al llenado de un formato de declaración de impuestos que tengo que llamar un contador para que me ayude a hacer, paso a verla como un tema aburrido porque es muy difícil hacerla y además, no tiene caso. Rimar con energía es ejercicio de párvulos, ya superado. Así damos el paso para dejar la poesía atrás, y pasar a la novela. No, la poesía es tan humana, que no solamente no se necesita hacerla para hacer poesía. Nadie está esperando que hagas un poema para darte el título de poeta. Hay algo todavía más importante que hacerla, y es descubrirla. Todo el que hace poesía, necesitó primero encontrarse con ella, y no te la encuentras mediante una disciplina de 8 horas de trabajo diario ante el lenguaje en el escritorio. Te la encuentras con ganas de encontrártela en versos que ya están, que se escribieron hace milenios o hace tres minutos,  que la humanidad ha caído o caerá a sus pies; y se requiere ser necio para no entender, y disfrutar, y creer que a fuerza tiene uno que hacerla como si todos fuéramos eso, el genio que da de comer a la leyenda, a la fantasía, a la historia. No. Tratándose de poesía la meta es más sencilla: descubrirla, disfrutarla, demostrar que sí, que ya le llegó a uno, y cómo fue. ¿Crear?, ¡qué excelencia! Pero antes de crear, el creador tiene que pasar por una etapa un poco más humilde, que se llama recrear. El creador no es nada sin los demás, sin detenerse a ver y disfrutar lo que han escrito otros.

Y recrear es registrar, perder orgullo y fantasía. Fantasía de creer que todo lo que yo haga debe ser lo máximo que se haya dicho. Y orgullo de creer que nadie antes que yo lo habrá podido decir, mejor que yo.  Entonces, esta etapa del acercamiento a la poesía, tiene más que ver con /encontrar/ que con la vanidad de dirigirse a, con “dejarse sorprender por el hallazgo” que con la vanidad de que el mío será mejor. Es más, el hecho de que yo no lo haya dicho a mí no me preocupa en lo absoluto, al contrario, me iguala, me enriquece e iguala: por el instante afortunado en que la uso, soy él o ella, el que la hizo; no quiere decir me voy a robar la autoría, o la autoría no tiene la menor importancia, eso no es cierto, lo que tiene importancia es que ya lo encontré, ya di con ello y a partir de ahí ya no lo suelto: algo sonríe dentro de mi alma, y sonríe más aún si yo digo que Maricruz Patiño es la que dice:

A tu sonrisa me la encuentro pasando por la vida

Y ya no hay argumento, ha desaparecido el argumento. El argumento puede ser el que tú quieras. Inventa un argumento para ese hallazgo, cada quien haga su argumento, su novela o su cuento a propósito de él. Construye un cuento en torno a esa mirada que nos sugiere Maricruz cuando expresa: “tumulto fiero el de tus ojos”. Si dejas el orgullo a un lado, reconoces que el solo verso te abre  un camino vital, una manera de registrar la sonrisa, o la mirada o la vida, y te basta, te es suficiente para muchas cosas, te hace “tu tarde, o tu mañana, o tu noche”, te ilumina, cuando menos un rato, brindándote la nueva riqueza de compartir ese rato, que es recrearlo, y la nueva riqueza de decir de quién es el hallazgo, porque eso es parte del saber que nos llega con su propio valor de belleza y de justicia, y algo indispensable: de qué manera impregna lo demás. De qué manera hay algo que nos jala y arrastra como la resaca cuando leemos: “Mar adentro el oleaje/ es como el pensamiento”.

4) El valor de impregnación de lo poético

Quien ya se despojó de la falsa meta de tener que emularlo, de tener que hacerlo para ser objeto de homenaje o beca, ahora va a percibir de qué manera, ese sólo verso, ese destello, posee un valor confiable de impregnación de lo demás. Cuando uno va a buscarlo en el poema que le dio lugar, descubre cómo, es a partir de aquí, como en el punto de fuga de un cuadro, que el poema se explica, se posibilita, se hace verdad. Ahora tiene un valor de restauración de lo vivido, de lo experimentado, ese valor que hace mejor lo que define un entorno, una vivencia, un significado dentro del área temática a que se etiqueta, ni más ni menos es como el perfume. Este es un beneficio “de corte clásico”, por eso Maricruz lo plantea en el poema del mismo nombre:

El perfume implica

cierta transformación de la materia

El poema tenía que llamarse así: “De corte clásico”, porque “las tradiciones son legitimidades recibidas”, dice Lyotard. Son medios para alcanzar la meta. En eso consiste el corte clásico, pero la meta suele estar en ruinas, o convertirse tarde o temprano en una ruina, cuando llegue la nueva y la supere. Por eso dice Maricruz: “Cada ruina en nosotros es una resurrección”.

Véamoslo en el rescate de otra tradición que nos rescata íntegramente como especie humana, la de la luna. Dice Maricruz:

La luna vuelve toda nuestra miseria un solo fantasma

Luminoso.

Y no es más que la luna, pero lo que sucede es: la poeta se ha detenido a mirar con tal profundidad, que alumbra en ese solo verso, toda la condición humana. ¡Claro!, era lógico que se atuviera a un verbo en buena parte inventado por ella, al menos en esa forma de irradiar:

Lunan tus dedos que velan el sueño

luna el paisaje

lunas tú

El ardor del que no puede entenderlo, es porque piensa: ¿pero cuál es el plano, el trazado exacto que me lleva a ello? Además, puede haber mil trazados, mil planos. Yo me extraviaría, me confundiría al tratar de asumir la poesía así. ¿Cómo lo hago palpable, visible, demostrable, en mi clase de la Universidad? Yo necesito algo lógico a qué aferrarme respecto a qué es la poesía. Pero eso es porque en el fondo su orgullo no ha cruzado la frontera de ser superior, de hacerla para superarla; si en vez de eso se contenta tan solo en el disfrute, de hacerla a partir de comprenderla, no habrá problema. El gusto y nada más, le irá abriendo paso a todo lo que venga. “El cielo promete una mañana”, alerta Maricruz.

¿Pero qué necesita nuestro poeta lector-creador? Un camino de paciencia y perfección que empieza en la humildad de dejarse tomar por las palabras bellas, reveladoras, con la paciencia elemental para sentir con ellas ( “cierto mar que llega y nos inunda”) y dejarse inundar como quiere Maricruz a través de ellas, y a eso ayuda mucho un mentor que no lo esté presionando con tener que hacer el “poema”, la hazaña, porque éste llegará en su momento. Lo que importa es tener el medio escampado. No todo revuelto, sino escampado, es decir; si la poesía tiene que ver con el lenguaje y el lenguaje nombra las cosas, los temas de la poesía no pueden ser otros que los que nombra el lenguaje, y entonces hay que entrarle sin miedo a la antigua, elemental clasificación de las cosas. En ella y por ella vemos, ¿qué es lo principal?

5) La conexión entre filosofía y poesía

En todo debate, para que sea fecundo, conviene hacer un alto para fijar los puntos que no están a discusión. El que quiera volver a vivir la historia de la humanidad que ya está vivida, que empiece por decir que la filosofía no ha sido lo principal del entendimiento, y es la mejor manera de no llegar a ningún lado. Quien espere orden, entienda que el asunto del ser en cuanto ser, es decir, tratar de replantearse fielmente quién soy y para qué estoy aquí, es el tema central de la filosofía y de la vida.

La vida es otra y la misma.

Regresa nuevamente

Para envolverme en la demencia

de tener que nombrarla.

El ser en cuanto ser y el modo de vida son dos temas esenciales de la condición humana, que los comparten irrestrictamente y de pleno derecho, la filosofía y la poesía.

Yo puedo hacer un debate sobre el cuerpo, diciendo, esto no es un cuerpo, ¿verdad que no?, pero si es un cuerpo, tarde o temprano se me va a caer el teatro. En poesía hay más libertad. Yo puedo con Maricruz, en su poemario Estudio sobre un cuerpo, aventurar:

Un cuerpo es más que un cuerpo…

Soledad sostenida en la piel

La primera de las materias de conocimiento, no sólo en su aparición allá en las costas jónicas de Grecia por el año 600 antes de Cristo, sino también y entre la jerarquía de los saberes, es la filosofía. Y tan es así que no se pudo cambiar a través de milenios, el sentido de valor que pretende tutelar la palabra que la nombra: amor a la sabiduría, entendiendo por sabiduría aquello que vale la pena transmitir de generación en generación y por eso mismo, se quiere, se persigue y se desea: es el conocimiento. Un conocimiento que, muchas veces, es conciencia anticipada del devenir, y esto se recuerda mucho en poesía, el devenir es el tener que morir; el poeta es ese ser afortunado que siempre le pregunta a su conciencia ¿qué tenemos en la bodega para eso?, y se responde con un dulce homenaje a lo vivido y a lo que vendrá:

Hemos partido…

Una vía titubeante resplandece a lo lejos

Porque nuestro destino aquí es bogar:

Bogamos con el alma llena de viento

Bien, pues a este conocimiento tan hondo del ser humano, debemos reconocer que es también el primer llamado al que se aboca la poesía. Sólo que con su primigenia condición de revelar. El poeta no es el que va a profundizar sistemáticamente en el tópos Uranos de Platón o en las categorías de Aristóteles, tal es el destino del filósofo. Lo propio del poeta es admirar el paisaje:

este paisaje condenado a morir sin sol

Por ello, basta con que comparta, en Maricruz: 

Mi vida estalla en la conciencia

Y este gozo de tener la lucidez, esta iluminación, sabe y enseña de fiesta, desde la más ingenua a la más brava:

…vino en las pupilas

entremos en el laberinto de los sentidos

vestidos de fiesta.

La poesía revela y esto es indispensable entenderlo, lo que ya se sabe, lo que muchas veces ya se sabía pero ahora se sabe con un matiz nuevo, de excelencia, como lo que se gana al mirar la sombra, de quien dice la poeta:

La he visto pasar ligera

Robándome los recuerdos

Ella se empeña en recordar

Lo que yo olvido.

Hace como una relatoría de la sombra, en tanto expresa, de su sombra: “Se empeña en recordar/ lo que yo olvido.// La he visto pasar ligera/robándome los recuerdos// “Atesorando memorias/ tiene ahora una serie de pruebas/que me condenan… Por eso la loca/ cree que me engaña”.

Del alter ego de lo invisible, de la sombra sale el dar alegría para volver una y otra vez a la vida, después de las vicisitudes que hay en ella, y que responde de un modo u otro, a un diálogo constante que está entre la hoja en blanco y la trascendencia. Es así que titula Maricruz: “Canto de la vida a la muerte”. Porque la parte más profunda del diálogo de la poesía es entre la vida y la muerte, entre una que se nos va y otra que se nos queda, aunque a veces resulte imposible discernir cuál es cuál, y es algo que se asoma en el silencio, por eso el gran compromiso de la poesía es con el silencio. Ella lo comprenderá en “Guaymas”: “La danza emanada del corazón es el silencio”. De igual modo lo asumirá en El Canto de la Vida a la Muerte, sección del libro enmarcada por el epígrafe de Jorge Cuesta:

Lo que pierdo es lo que he sido

para ser silencio y nada

y por el alma delgada

que pase el azar su ruido

Donde se da cuenta que para hablar con Dios: “…es el silencio/la canción sagrada”. Pero ya viene de vuelta de haber planteado la incógnita que vertiría la muerte:

¿Algún silencio más profundo

Que el titubeo de la vida en un cementerio?

Poco después admite que la vida a la que ella se refiere es: “la vida de múltiples espejos”. Sea como sea, la poeta lo sabe: “A la orilla de las tumbas/ se enreda la nada”.

Lo que la poesía dice es de qué manera un ser noble y bello como Maricruz, tiene que atravesar esa laguna Estigia. Que remontar la muerte. ¡Oh, si en aquella suave facultad de filosofía y letras que nos unió en la primera juventud, era apenas la breve Invitación a la danza, y ahora escribe en sus Cartas: “Envuélvame en la danza el coraje de amar”. Maricruz Patiño era una chica ya poética en la facultad de Filosofía y Letras. Una discreta invitación a la danza, pero danzó y ahora lo que nos brinda es misteriosa voz que se nos quedará para siempre, a la hora de partir:

…lo más terrible es el viento

se me revela de pronto el soplo que es la vida

A quien lo desencante o no lo atraiga lo suficiente, regrese a leer este texto desde un principio, y verá que al llegar de nuevo a este punto lo comprende bien ya, pero que le costó perder algo de orgullo, detenerse un poco en el umbral no tanto como quería Fray Luis de León, cuando decía que a la poesía hay que acercarse de rodillas, pero sí lo bastante para entender que la poesía trabaja con invisibles. Se vuelve, más que nada, un ser intensamente respirable. Lo dice así Maricruz:

anhelo el mundo en cada respiración

 
             

 

     

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