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Ma. Dolores Reyes Herrera

     

5 de marzo de 2014

POESÍA HECHA DEL TEJIDO DE LA PACIENCIA

 

por Carlos Santibáñez

 

María Dolores Reyes Herrera, Litoral del silencio, (Poesía, Col. Tinta Seca) Sepia Ediciones, sepiaediciones@hotmail.com, prólogo de Cristina Sánchez López, Medellín, contraportada del maestro Eduardo Cerecedo, reseña por Carlos Santibáñez Andonegui.

 

 

Cuando está hecha con el tejido de la paciencia, la poesía desemboca en la miniatura. La función de la síntesis es invocar las notas constitutivas esenciales del objeto. La poeta María Dolores Reyes Herrera lo consigue en su más reciente opúsculo intitulado: Litoral del silencio.

Una de las funciones de la brevedad, cuando consigue decir lo más con lo menos, es la de eliminar los engaños del estilo. Si se profundiza, caerá la cáscara, aquello a lo cual nos hemos acostumbrado a la manera de una cobertura inesencial. Ritmos que se siguen por inercia, metros con los que el poeta se compromete por una mera apoyatura retórica. Si lo que transportan, es energía total, adelante. Los clásicos se cuentan con los dedos de la mano pero, en fin, todo mundo tiene derecho a apostar a ser clásico, mas hemos de comprender que la mayoría, de ese manejo arcaico de la forma, sale mal librado.

Algunos, como la poeta que nos ocupa, preferimos aventurar, cortar amarras, darle al ayer lo del ayer, al césar lo que es del césar: “Me hastía el aroma de ayer,/ opto por sacudir/ el saco de los sin sabores”. 

Porque existe algo capaz de emocionar, y ser identificado como la verdadera sustancia de la poesía, y regularmente, los momentos más intensos del significado, se dan bajo la forma de una percepción relampagueante, como lo expresa Paulina Linderman. Parece que siempre ha sido así, lo de la brevedad no es novedad. Hoy nos espantan mucho con ello, aun pareciera que el que no es breve no sirve y nos repiten de modo superfluo el aforismo clásico: “Lo bueno, si breve, dos veces, bueno”. Con eso creen darnos “en la torre” y se retiran ufanos los críticos literarios. Pero tampoco es cierto. Lo que está al descubierto es su propia incapacidad de distinguir cómo, desde siempre, lo mejor se expresa en forma breve, porque no se sostiene invariablemente, no habría de dónde escoger: no se podría hacer un respiro ni en las rimas de Horacio. Lo mejor es por naturaleza breve porque se destaca de lo demás, todo esto la gente no lo sabe. Da pena reconocerlo pero la gente no lo sabe. Cree que todo es bueno, y parejo, en los clásicos, y no, los mejores instantes son eso, a querer o no: instantes. Momentos resplandecientes, relampagueantes, no estáticos. Pirámide que se recorta en serpiente emplumada, iluminada, aunque para eso sea necesaria la construcción de toda la pirámide y el transcurso del tiempo justo para “apreciar” el fenómeno. El concepto de poesía que no pierde el tiempo, es un concepto parecido al de la aparición. Se presenta, sucede, ocurre, es un fenómeno, y es todo lo contrario de aburrido. Al contrario, levanta, y a menudo, impreca. Poco se ha reparado en el valor imprecatorio de la poesía actual. Dice Lolita: “Demonios del poder/ en su hambruna,/ te han despojado./ Nada queda en tu parcela”. Saber levantar la voz con el reclamo social, es trasladarse por derecho propio a la poesía, levantar al caído, tal vez enfrentarle con su situación de angustia, pero a fin de sacar en él cuanto hay de incendiario, y los verdaderos poemas, ha dicho un fundador de la poesía moderna, son incendios. Ella busca hablarle a la ciudad como en uno de esos eventos especiales que en teatro se denominan “apartes”, y su intensidad se perdería si el verso no durara tan solo el momento justo. (Que para quienes vamos muriendo en una muerte sin fin que nos marcó Gorostiza, “el vaso de agua es el momento justo”). “Tiene sed la madrugada, -expresa la voz de la Poeta- reseca su garganta/ el óxido de ayer”.

En la actualidad, gracias a la bienvenida explosión demográfica, ya casi todos los que leemos sistemáticamente, lo sabemos: la poesía hay que tomarla en el resplandor, en el momento de reflejar el prisma, nada más. Y en la actualidad como ya hemos ido depurando “la paja”, lo que sobra, etc, y como somos muchos, y muchos quienes gustamos de este bello arte de la poesía, ya estamos más aptos que en el pasado para eliminar lo que es mera estructura, mero puente, prolegómeno, y entrar de lleno a la aparición, que es un fenómeno también conectado con la revelación, y con ella, el regocijo: “Sucumbe la nostalgia,/ despierta el regocijo./ Se rompe el rosario,/ crujen criptas del dolor,/ cuando las cuerdas/ levantan su voz”.

 
             
 

Aquí la autora Ma. Dolores Reyes Herrera con los poetas Carlos Santibáñez, Ma. Eugenia Rodríguez Gaitán y Sergio Alarcón.

 

     

Eso no significa que María Dolores Reyes Herrera deba ser confundida con una luminaria de época, pero tampoco hay nada que pueda afirmar lo contrario, si se observa su trayectoria ascendente en materia poética, a partir del opúsculo anterior intitulado:Oruga?, que el año pasado nos presentó, y que María Dolores es una persona que viene avanzando gradualmente, como en un logaritmo, hacia la adquisición definitiva del estro poético. En su caso sí puede decirse aquello que ni siquiera va con todos los poetas o la poesía en sí: que no ha sido de la noche a la mañana.

El abrazo que le brindo es de muy dentro, porque sé que le ha costado una vida llegar adonde está, que no renunciaría por nada al privilegio de entender, ha llegado a donde sabe que vivió para entender y en lo sucesivo, entenderá, para vivir. Su compromiso no es con una moda, y mucho menos con la corte que hace versos para obtener prebendas, premios y privilegios que sólo sirvan para humillar a otros. En vez de eso, es la Lola que parece haber estado siempre a mi lado, desde que atendía a los campesinos en su gestión agraria junto a un busto de Juárez al que le habían sacado los ojos pero espontáneamente seguía diciendo: “Los hombres no son nada. Los principios lo son todo”, en la calle de Bolívar número 145 de esta ciudad, a fines de los setenta. En su alma vibra la voz del pueblo: el “viejo pueblo” que nuestros políticos, todavía hoy, no han podido borrar como protagonista verdadero de la Constitución Mexicana. Y entender ese pueblo es diferente de entender la noche de la gran rebaja, donde la sociedad civil sacie su ilusión de transformar necesidades en demandas. Es el pueblo a la Lope de Vega, el de Fuenteovejuna, del que reclama la poeta:

 
             
             
  Más de

CARLOS SANTIBÁÑEZ ANDONEGUI

 

 

     

“El pueblo está pariendo ancianos,/ el desierto engulle sangre nueva,/ sangre que vivía sedienta/ de ahorcar su miseria”.

No existe una receta publicitaria para escribir. No se puede decir, sea usted breve, le restan cinco minutos, porque precisamente la primera prueba de que la gente que sabe expresar con lujo de brevedad lo que vale la pena, en el fondo trae asimiladas páginas y páginas, es todo lo que nos hacen a nosotros reflexionar, parece mentira cómo, de un libro tan breve, pueden salir páginas y páginas, y a las pruebas me remito, el prólogo de Cristina Sánchez López es orgullosamente extenso. Quien siente el llamado de la poesía, debe plasmarlo, sin anteponer la receta de la brevedad , el texto es quien toma por sí mismo, el tiempo y espacio que le competen. Así, ni el libro de Lola se disfrutaría en su caso siendo extenso, ni el excelente prólogo de Cristina se saborearía siendo breve.

Los invito, pues, a leerlos a ambos. Cristina, poeta que esperamos ver pronto entre nosotros en México para aplaudirla ya como merece, lanza la fulminante pregunta de cuál es el grado de autonomía configuradora que la poesía tolera. Si es este un problema estético, que debería plantearse la poesía, o más bien, en lugar de ello, preguntarle únicamente a la sociedad, cuáles son los fenómenos y las descripciones que deben fijarse como intereses “auténticamente estimulantes”. Me inclino por lo segundo.

Le doy la razón a Johannes Pfeiffer, cuando se hace cargo de la tan extendida convicción de entender a la poesía como un encanto que no compromete, porque la verdadera sustancia de la poesía es otra. “La cáscara que la envuelve puede ser atractiva, seductora, de buen gusto, pero en el fondo todo eso es y seguirá siendo fútil engaño. (Cfr. Pfeiffer, La poesía, “Temple de ánimo y estilo”, p. 51, Breviarios CFE). Y en esa medida disfruto cuando señala Cristina que leer a María Dolores Reyes equivale a tener la vivencia de la poesía como una “diosa impura”.

Precisa la prologuista, en realidad una poeta de gran trascendencia en nuestras letras: “Al entrar en contacto con Litoral del Silencio, se puede rastrear la resonancia emblemática de la poesía social”. Una suerte de “civismo confeso, de ciudadanía cabal, si se permite que, como en Neruda, le devuelve, con un acento poético muy digno, voz a los olvidados”.

Estoy tan a gusto entre el prólogo de Cristina y la contraportada del querido poeta Eduardo Cerecedo, que confirmo la hipótesis que yo había arriesgado al reseñar aquí el primer poemario de Lolita intitulado: Oruga?

Con el rigor técnico que lo caracteriza, el maestro Cerecedo detecta en ella un personal estilo “binario”, es decir, su poesía tiene un secreto de construcción que para entenderlo, haría bien repasar lo que fue el paralelismo de pueblos antiguos o la yuxtaposición prehispánica. En ella, es apenas una voz que comienza a levantarse, pero ya se comprende que puede ir más lejos.

Veamos cómo lo explica el maestro Cerecedo: ‘Dice la poeta: “Se escucha caer la tarde entre escombros”. La aplicación de la técnica escritural destinada al verso, al poema como origen, hace que su poesía florezca en la página del libro, la personificación, el oxímoron, la anáfora, la sinestesia, acuden a esos silencios, a esa cauda de imágenes, permitiendo de esta manera el placer de leer... La poeta al referirse al acto amoroso señala: “Se esfuma la fragancia en tierra mojada”…mostrando esa búsqueda que se fuga, pero que antes lo ha retenido y lo sigue haciendo para saber que la materia se ha transfigurado en sensación, aroma, tiempo, marcando así lo binario en la temática”.

Es como una otredad a la que se arriba cuando se reza. “Una lámpara agoniza, (cito) rezos tejen lejanía”.

Lo binario detectado por Cerecedo es por fuera y por dentro. Refiriéndose a una pelea entre aves de rapiña clama Dolores:

“Al disputarse la carroña,/ el suelo se estremece,/ el eco silva…/ se multiplican las cruces”.  Fijémonos sobre todo en el último par: al silvar el eco, siempre hay algo que se multiplica. Para la tragedia del duelo, son las cruces. 

Pero el recurso es novedoso y total, puede abarcarlo todo en un ademán rápido, sigiloso, parecido al del haikai: “huele a desprecio/ la brisa que posees”.

Tal vez más adelante nuestra autora se integre a esa tradición procedente de la poesía japonesa, hoy cultivada con éxito por algunos de nuestros escritores actuales como Juana María Naranjo, y en total, absoluta revelación que pronto me honraré en presentar: Rafael Luviano Delgado, poeta que ha descubierto recientemente su iluminación, templado por el dolor que la existencia le ha ido causando, y él ha sabido transformar, cada vez más, en poesía, que será, como la de Lolita, ejemplo de cientos y quizá en un futuro, admiración de miles de personas.

La poesía de Dolores Reyes Herrera es un tejido que se hace con la paciencia de la costura. Pellicer siempre me repetía: “Hace sólo un momento, mi madre y yo/ dejamos de rezar”. ¿Por qué siento ante Lola algo parecido? En el poema a su madre, le confiesa; “Nosotras guardamos/ un retal de memorias/ en el costurero del tiempo”.

La manera de tejer del poema, lo que la preceptiva buscara con el ingenuo pero también precioso concepto de “rima tejida”, es parecido a lo que ella expresa en su poema “Un retazo de romance”: “Al sustraer una punta de hilo/ descubrí que se rompía la sábana/ donde ceñíamos el romance;/ en retazos, no amarran los pespuntes…”

Una última palabra sobre su erotismo. Es algo que emociona, “Al trenzar tuyo/ en las aguas del turquí/ pierdo la razón,/ la arena/ nos atrae,/ nos incita,/ se consuma/ el arrebato”. Para cerrar esta nota de poesía, dice Cristina: “Reyes sabe despedirse, sabe desprenderse, sabe reinventarse”. En ese despertar de las teclas del deseo, Litoral del silencio es un poemario, -concluyo esta noche de domingo en que huye el invierno, y nos deja ver cada vez más cerca primavera-, un poemario que demuestra una y mil veces lo que Stravinsky buscó al captar en estridencias el misterio de su consagración: el poder del litoral del silencio, es arribarnos a lo único sólido que tenemos en esta existencia: “enlazar nuestros cuerpos desatando en la alcoba, entre arrecifes y corales”, nuestra infinita capacidad de amar.

 

 

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