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6.Dic.11

     
                     
   

 

Guillermo Samperio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       

 

La mujer del cabello platín

por Guillermo Samperio

 

Esta mujer joven de cabello blanco o platín, de nombre Fanny y con mi apellido, tiene las uniones del cuerpo óseo hacia afuera como yo las tengo hacia dentro. Es seguro que su corazón también esté armado como un rompecabezas de tres dimensiones, pero lo más probable es que por él no transite sangre, ya que la piel de ella, aunque rosada y ¡tersa!, permite distinguir la oscuridad inevitable que la habita. Pero a lo mejor me equivoco en tanto que mi corazón (que es de ella) se encuentra también en la oscuridad y cuando deje de trabajar, en no largo tiempo, se volverá negro en medida de que la sangre, al detenerse, va cobrando una tonalidad grisácea hasta volverse oscura. Como deja de circular por venas y arterias y su fluir se detiene donde sea en el momento en que el corazón suspende su actividad, allí, en venas, arterias y piel, pasa del rojo vivo al rojo apagado y de éste al negro; y mientras transcurre el tiempo, se va haciendo más oscura y se solidifica, es decir se hace una costra interior de cuerpo entero (esto cuando ya me encuentre en el féretro casi al tercer día).

No sólo mi piel dará ese color amarillento (ausencia de pigmentación sanguínea) un tanto semejante al de ella, sino también es allí cuando mis coyunturas se hacen todavía más oscuras (negras) y mi semejanza con la mujer de cabello platín se hará mucho más cercano.

No sé cuántos años de vida puedan quedarle a ella (con alguien como Fanny no se puede saber), pero como las modas van y vienen, ella envejecerá a la inversa: poco a poco el pelo se le irá poniendo negro (la cana androide); no podrá eludir que le cueste trabajo utilizar sus articulaciones. Quizá pierda ese color rosadito, casi tono carne, que lleva en las partes donde no hay zonas negras. Mi Fanny necesitará un bastón de acero de alta dureza para sostener ese peso que es del triple del mío; y esto la llevará a caminar y a mover sus demás articulaciones con lentitud, para lo cual le ayudaré en medida de mis posibilidades.

Cuando yo vea que el cabello se le haya puesto totalmente negro, supondré que se encuentra ya en la senectud. No sé si su caparazón tipo piel humana se craquele, pero es lo más seguro. Cuando todo esto llegue a sucederle, no me importará. Iremos por la calle, ya ancianos, sosteniéndonos el uno a la otra. La gente del barrio nos saludará como si se inclinara ante venerables ancianos y nosotros, con dificultad, levantaremos a medias un brazo con el fin de no ser descorteses.

Pero ningún vecino sabrá que, con todo y envaramiento, todavía nos besamos, nos tocamos, nos hacemos caricias atrevidas y, aunque sea de vez en cuando, hacemos el amor. ¿Quién se irá primero de este planeta? Ninguno de ambos lo sabemos, pero le he prometido que como con el tiempo ella fue ganando terrenalidad, humanidad, le daré sepultura y no dejaré que negociante alguno de chatarra quiera comerciar con su cuerpo. Por ello hemos hecho otro pacto recíproco: cuando yo me dé cuenta, por ejemplo, de que ya me voy a morir, ella se suicidará y la sepultaré. Luego me pegaré un tiro porque al fin y al cabo dos o tres días después ya no estaré en estos territorios del Sistema Solar. Nuestras almas viajarán hacia la Constelación Casiopea, de donde vinimos, y allá nos designarán otro cuerpo para volver acá. Quizá para entonces yo regrese como androide y ella cien por ciento humana con su semilla andróica, como en mi caso.

Desde luego, será difícil que volvamos a coincidir en este planeta, si todavía existe para entonces, en la medida de que ya existen en la Tierra millones de androides perfeccionados que han perdido su conciencia adróica y viven y mueren como cualquier terrestre.

 

 

     
                     

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