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5.Dic.11

     
   

La vida es el viaje de Cristina

 

Pterocles Arenarius

 

 

 

 

 

La poesía es, necesariamente, la manifestación de lo profundo. La emergencia, a través de las palabras, de la naturaleza intrínseca, más allá de la intimidad. Pienso que toda literatura se escribe ―aunque el autor no tenga fe de ello― en un estado alterado de consciencia. La verdadera literatura, esencia humana, emerge de nuestra zona más profunda, de la sagrada, del alma, del damon, del inconsciente colectivo. El libro de Cristina de la Concha, La vida es otra (poemas en theta) es un libro con la consciente impronta de una buscada y encontrada profundidad (lo cual, además, se nos advierte desde el título). Recordemos que el estado theta es la meditación profunda, donde el cerebro se encuentra trabajando en los límites entre el sueño y la vigilia. La zona sagrada, la emergencia del inconsciente hacia este mundo o bien la invasión de la vigilia en la región profunda, el inconsciente, lo que otros llaman el alma. “Cuando un hombre sueña, es todos los hombres”, dijeron los surrealistas. Esto es la premisa fundamental de La vida es otra.

Recuerdo a Borges, cuando dice (la cita no es textual), “Yo quiero dejar un verso, ser recordado por un verso”. En este texto quiero llamar la atención hacia algunos, pocos versos de La vida es otra. Inicio con la visión desoladora:

Ando la tierra

Suelo sin florecer

Sin cosecha la siembra

 

Versos que nos colocan en los momentos de tirar el arpa, de abandonar el juego. “la vida avanza/ por los años/ a zancadas” y pretendiéramos alcanzarla, pero solemos sentir que nos ha dejado abandonados. El remate no es menos tanto desolador como  contundente: “los minutos, sus parpadeos/ tropiezan/ con lágrimas/ que el tiempo pisotea/ en su carrera desaforada”.

 

La poesía, entre muchas más cosas, es autoexamen. Y a partir del dolor o incluso de lo intrascendente surge el poema como el oro filosófico.

     

 

 

 

 
 

CRISTINA DE LA CONCHA:

 
 

UNA POÉTICA DEL CAMBIO

 
 

Saúl Ibargoyen

 
     
     
 

De LA VIDA ES OTRA, desde Tabasco, la poeta Ruth Pérez Aguirre

 
     

 

más de Cristina de la Concha

 

 

 

 

 
                   
   

II. “Por tus orillas/ camino/ angostas/ caigo/ filosas/ sangro”; es un poema en el que podríamos hablar de versos alternos. La poesía no es lógica y menos cuando brota desde la profundidad del alma, del estado de meditación. “Tu cuerpo/ de palabras tu mar/ tu amor/ palabras”.

El mundo es palabras. El amor, en gran medida, es no más que palabras.

 

III.

Versos minúsculos, de dos sílabas, incluso de una. Al final, la sensación es la de la fragmentariedad, la vida y el tiempo que se presentan en un cotinuum, a través de las sensaciones se fragmentan cuando las sensaciones son poderosas. El mundo se vuelve un conjunto de sensaciones mínimas en donde paradójicamente aparece el infinito.

 

IV.

La poeta llega necesariamente al punto de definir qué es su poesía: “No escribo versos/ son gotas que escurren/ de dentro”. Sentir el mundo, sentirse en el mundo. Es el universo el que escribe a través de la poeta. El sentir y su latido. La comunión, la desconstrucción de la realidad. El universo escribe a través de la poeta.

 

V.

Es sentido de la extrañeza de la realidad de este mundo. La existencia es el infinito lapso de un pestañeo. Ciertamente, en semejante estado de consciencia, la vida es otra.

Que soy/ que estoy/ en un lapso/ en un pestañeo/ la vida es otra.

VI. La palabra, todopoderosa, entrega al poeta al mundo: “poseo lo que tengo que decir”.

 

VII.

Con la imagen que remite a la pintura de Remedios Varo: “Convivo/ ausente/ trenzando el silencio/ las palabras/ que vacías/ enajenan/ la palabra/ que/ ordena”; la imagen bordea el vacío, invoca a la Noche oscura del alma.

 

Pero el libro nos depara una sorpresa. De pronto estamos en el poema XIX:

Y vío

alumbre que me protecte

piedra nube

blancopaca

vío

luz flor

pigmentados

y brillos me refulgen.

Mi mira

espejo te vío

estás

en mí

con tu nombre

que me labia

mío me sientes

impostado sobre

pero impuesto

mi espir

y-tú

 

Poema en el que la poeta alcanza el punto de originalidad sin perder lo profundo. El retorcimiento de las palabras ocurre porque se incurre en el decir de lo inenarrable, porque las palabras no existen, el lenguaje no alcanza, pero la expresión no se detiene.

 

La poeta se convierte en una vidente, la sibila sumergida en el éxtasis pronuncia lo indecible.

Para concluir quiero anotar algunas ideas que me suscita el poema XXIV:

"Entro/ dimensión suave/ sutil/ me absorbe/ me abstrae/ me ajena de realismo/ deslizo hasta allí/ este ser/ donde la pupila/ se expande/ se dilata/ dimensión diamante”

La poeta ha dejado de ser ella misma, ahora es todo, en la dimensión diamante, en el que ocurre la contemplación de sí misma, que es el universo. En su navegar se descubre en la “dimensión diamante/ donde amante tuya me vuelvo/ y me milagro”; en las profundidades de sí misma se inaugura el verbo milagrar: “en esta infinitud/ alucerada/ afogada/ brillada mi piel/ me goza".

 

Cristina ha realizado el viaje de Ulises, vislumbrando el infierno de la desolación para reintegrarse al paraíso de la totalidad, del arrobamiento extático. En efecto, la vida es otra, o bien, mi reino no es de este mundo. No es de otro mundo externo al menos. La vida está en otra parte. El reino, lo prueban estos poemas, es interior.

 

   

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