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Marconio Vázquez 

 
 

1.Jun.23

 
     
 

 

 

De Marconio Vázquez 

UTOPÍA 2
EL SECRETO

 

 



El secreto era que cuando algún atrevido caminaba cuesta arriba por los
embrollados senderos y descubría los caminos, la montaña borraba las huellas. Quién sabe cómo, pero siempre se las arreglaba para desaparecer el rastro de los pocos que conquistaban su cima. Cuando el exitoso aventurero descendía, abanderado de gloria, la montaña hacía que los vientos se revolcaran furiosos sobre las colinas. Desde lo alto reunía nubes de tormenta, que caían en frenéticas borrascas, desgajaban raíces, fruncían el terreno y deslavaban las veredas. Así los nuevos escaladores tendrían que inventar otra vez la ruta para llegar a la cúspide. Muchos murieron y cada vez menos lo intentaban. Nadie podía seguir el ejemplo ni saber de lo sabido. Sólo la palabra y el relato quedaban como dudosa certeza, pero ninguna prueba fehaciente de los ascensos. Cualquiera podía decir que había llegado a la cumbre. Cualquiera podía señalar el cielo, pero nadie el trayecto. La arrogancia de la montaña era mucho más grande que el espíritu humano.
      No fue un viajero de lejanas tierras. No fue un brujo misteriosamente
aparecido de la nada. No fue un sabio doctorado en cerros. Fue un muchacho, vecino del pueblo, quien desde su inconformidad encontró las armas contra el serrano misterio. Inventó su camino, pudo llegar hasta la punta, pero ahora en lugar de bajar, se quedó arriba. Tuvo que soportar las cóleras de la montaña. Aguantó ventarrones y torbellinos de agua asesina. Incluso tuvo que renunciar a las voces que desde abajo le decían: “¡Baja! ¡Vas a morir allá arriba!”. El joven contestó:
      –¡Que alguien venga a acompañarme! ¡Desde acá se ve todo! ¡Desde
acá puedo decir por dónde es más fácil! ¡Ahora el lado sur es más despejado! ¡Suban!
      Entonces otro joven comenzó a ascender. Siguiendo las indicaciones del guía que estaba en la cresta, no sin tropiezos ni resbalones, finalmente llegó. Los dos locos se abrazaron y miraron el horizonte. El valle era inmenso. Desde aquella altura podían apreciar la curvatura de la Tierra, entre otras tantas maravillas.
      La montaña supo entonces que por más huracanes que produjera, por más aluviones y desgajamientos, los de arriba no bajarían a compartir tristezas. Se quedarían en lo alto y ayudarían al que quisiera encumbrarse.
 

 

 

 ©marconio

 
 
     

 

 
         

 

 

 

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