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7.Nov.21

   
 
 

 

PULQUE PARA DOS

 

 

 
 
     
     
     
     
     
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por Cristina de la Concha

 

El Metl

 

 

 

 

Esos árboles de pencas largas como manos que llaman, que ofrecen, esos que solían bordear los caminos hidalguenses, cuando el pulque alcanzara su más alta producción en el siglo XIX y todavía hace no mucho, unas cuantas décadas, antes de que su depredación los pusiera en peligro, forman parte importante de la cultura de nuestro país, como parte de nosotros mismos que vemos su presencia de modo tan cotidiano en infinidad de aspectos desde tiempos prehispánicos que parecemos no notarla. El Metl, el árbol de las maravillas, el maguey.

Esas pencas con sus estilizadas líneas, pétalos gigantes y fornidos, de lisa textura delineada con espinas, que su propia punta como pluma estilográfica caligrafía con elegante y sugestiva sinuosidad, se van escribiendo a sí mismas, pencas inspiración para los antiguos que supieron verter de ellas materiales para acompañarse en su quehacer, para mejorar sus vidas y enriquecer su cultura.

Pencas dadoras de sabor al platillo de carnero que abrazan sumergidas en la tierra sobre el fuego que lo cuece, dadoras de sabor con su fina cutícula a los mixiotes, exquisito guiso que halla su cocimiento en sus hojas que lo envuelven.

Pencas que acunan las largas larvas blancas –“gusanos  de maguey”– que se degustan crujientes enrolladas en hojuelas de masa de maíz, nuestras tortillas.

 

Magueyes madriguera de las larvas rojas que anidan a sus pies, los chinicuiles  que además de crujir en tacos aderezan diferentes salsas.

Y su aporte se vuelve emblemático en la culinaria con el aguamiel que brota de sus entrañas, el meyolote, delicia que hacía parte del alimento de los recién nacidos y con ello los antiguos fortalecían el sistema inmunológico de su progenie, delicia que con su fermentación se convierte en pulque,  bebida de los dioses que nos regaló la diosa Mayahuel, “cocido, se hace como vino, y dejándolo acedar se vuelve vinagre; y apurándolo el más al fuego es como miel; y a medio cocer sirve de arrope,” relató José de Acosta en el s. XVI. Pulpa que se talla, el quiote asado o su piña o su penca para obtener dulces a saborear. Y, de entre sus 274 especies, unas brindan con mezcal o tequila.

Aunque quizás la mayor delicia que nos da esta planta sean las flores de fresco sabor, los guolumbos, manjar y belleza que corona en lo alto, sobre esos pétalos gigantes que como manos parecen ofrecer al cielo su inflorescencia.

Pero las pencas dadoras inspiraron a los antiguos desde su punta hasta sus raíces, desde su punta para coser los hilos de los textiles pero también del ixtle de sus fibras y estas pencas dadoras han sido las madres de mecates y lazos, de costales y morrales, ayates, huipiles, petates, hamacas, cuerdas para instrumentos musicales y, en su más fino acabado, de chales, manteles, carpetas e incluso aretes de curiosa creatividad, también con sus raíces, de escobas, escobetas y sus derivados. Y, como de cualquier otro árbol, se puede hacer papel de él.

Una maravilla son estos árboles, si acaso se les puede llamar así. El árbol de las maravillas produce tres veces más oxígeno que un árbol y extrae el monóxido de carbono del medio ambiente, una maravilla contra el cambio climático.

Una maravilla dadora de vida de la que algunas especies se encuentran en peligro de extinción, cometiendo injusticia a la Madre Tierra, injusticia al planeta, planta como manos que ofrecen, que llaman a su cuidado.

 

cristinadelaconcha@hotmail.com

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