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31.Jul.18

Cristina de la Concha

En asunción de una abeja

 

 

 

Por una calle de Asunción, capital paraguaya, sostenía en la mano un vaso con jugo de frutilla, nombre usual en estos países del sur latinoamericano para la fresa, cuando, al ir a sorber un poco, me sorprendió una abeja dentro del líquido. No supe qué hacer de momento. Ella estaba quieta, ¿muerta? Después, intentó batir sus alas contra el jugo que se lo impedía. ¿Debía tirarlo? la abeja se ahogaría. Quizás o tal vez no. La imagen que había circulado por las redes de la abeja diciendo “tenho fomme” se plantó frente a mi pensamiento. Pero ¿qué hacer? me picaría, el temor usual a las abejas, su aguijón, surgió instintivo, como suele.

Hace muchos años en el parque de mi pueblo, las abejas acudían a la heladería a dar vueltas alrededor de nuestros barquillos, cómo nos quejábamos. Queríamos matarlas, aniquilarlas, desaparecerlas, que nos dejaran disfrutar de las bolas sabor daikirí con chocolate derretido y solidificado coronado con trozos de ¡chocolate también!  Cuántas veces las espantamos, y se posaban sobre la espuma del refresco de cola con nieve de vainilla y agitábamos las manos sobre ellos con lamentos y muecas de desagrado como si se tratara de una alimaña venenosa. Sobre las rebanadas de pastel y las galletas y el flan y el panqué rondaban, terminábamos levantándonos a toda prisa, dejando el lugar, cubriendo nuestro manjar, alejándonos con él a otro lugar, uno donde no lograran llegar. Ay, me remordió la conciencia, ¿no habrán sido nuestras abundantes quejas parte de lo que las ha puesto en riesgo de extinción? Porque hemos oído de múltiples ataques de abejas, de las abejas africanas, de personas alérgicas a las abejas y nosotros mismos las repelemos. ¿Cómo mantener ese equilibrio que tendría que haber para no horrorizarnos de ellas y no intervenir en su espacio natural al que tienen el legítimo derecho? Porque las necesitamos, como al aire que respiramos, como el agua que bebemos, sin ellas, la vida humana se acabaría. Albert Einstein afirmó que el ser humano no continuaría en el planeta si las abejas desaparecieran . Ellas polinizan más del 60% de las frutas y verduras que consumimos. El verdadero valor de las abejas, no está en los productos que el apicultor les quita, sino en lo que éstas aportan a la reproducción de las plantas y a la biodiversidad. Abejas y plantas forman un pilar que alimenta y enriquece el ecosistema, éste a su vez nutre a multitud de insectos, aves y mamíferos. Si falla uno de los elementos del pilar todo caerá…”  Así que las necesitamos vivas y reproduciéndose.

¿Cómo sacarla? No tenía con qué utensilio. Al verter el vaso ella quedaría zambullida pero además no me atrevería a vaciarlo en el piso de la calle. Más adelante estaba el parque, ¿me daría el tiempo hasta allá? El zangoloteo por correr me evitó tomar esta medida. Temí por su vida. Sabía que no iba a salvar a la población mundial de abejas, pero trataría de salvar a ésta y decidí meter mi dedo de uña más o menos larga para usarla a manera de pala y extraer a la pequeña himenóptera fuera del jugo. Así lo hice. Sentí su cuerpo entero en la extensión total de mi uña la que resultó no estar tan larga y el temor resurgió porque no alcanzaría a cubrir mi piel de su aguja. Me quedé estática sin saber qué hacer, ella se adhirió como una ventosa por el jugo, así que si sacudía mi mano, era desconocida la posibilidad de que se retirara de allí y entonces, posiblemente, penetraría su aguja en mi dedo. La vi avanzar, percibí su cuerpecito entero en mi piel, ella se pegaba a mi piel quizás por el efecto de ventosa o tal vez porque pretendía secarse con él, o ¿estaría tan empapada que el peso de la sustancia de frutilla no le permitía erguir sus patas? Luego, sentí un cosquilleo, estaba vibrando toda ella, ¿trataba de desplegar sus alas?, ¿de secarse con esa vibración? no sé pero en ese punto creí que sobrevendría el piquete, culminaría así el veloz temblor. Ya me iba acercando a una jardinera del parque, traté de apresurarme pero no, no, no debía hacerlo con rapidez. Mientras, ella se arrastraba por mi delgada falange cuyo hueso cercanísimo a la epidermis quizás detendría la introducción completa del aguijón, aunque pensar esto no era un alivio. Por fin, la puse en una hoja del jardín y respiré tranquila. La miré moverse por allí y me fui por la misma razón: ese miedo a las abejas, pero el recuerdo de su cuerpecito pegado a mi piel permanece, fue como un abrazo, como si me estrechara con sus patitas, y mi dedo, gigante para ella, le correspondía. Sellamos un pacto de amistad.

 

 

https://www.ecologiaverde.com/por-que-las-abejas-son-tan-importantes-para-el-equilibrio-ecologico-522.html

http://www.eoi.es/blogs/andresdugo/2014/01/16/%C2%BFporque-son-tan-importantes-las-abejas-en-la-vida-del-ser-humano/

 
     
 

 

 

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